relato
HAY SUEÑOS QUE MATAN
Zeki/febrero 2011

Abril de 1931.
La prevista inauguración, dentro de un mes, del que va a ser el edifico más alto de la ciudad, incluso del mundo: el Empire State bulding, tiene a la gente de Tammany Hall, eufórica. Los mismos políticos, promotores inmobiliarios, empresarios y mafiosos que se beneficiaron de los suculentos contratos públicos, llevan semanas festejando el evento por anticipado. No parecen afectados por las largas colas, para recibir una sopa caliente, que se pueden ver desde sus despachos.
Charlie ha citado a los muchachos en el Cotton’sClub.
Mientras esperan a que Meyer y Bugsy, lleguen, Luciano, Anastasia, Costello, Adonis y Genovese, se toman unas copas escuchando a Cab Caloway y su orquesta. Owney Madden, que figura como dueño del negocio, les ha situado en un discreto reservado con una vista inmejorable de todo local. La sala esta llena. El Cotton’sClub en el 644 de la Avenida Lennox, es el refugio nocturno de una abigarrada fauna de nuevos ricos nacidos a lomo de una depresión que ha barrido toda suerte de confianza en el futuro.
Costello tamborilea sobre la mesa como si sus dedos tuvieran vida propia al tiempo que recorre con la mirada el vibratorio blanco y negro de las camisas y ternos que agita la masa de bailarines. El local refulge como un incendio de purpurina. Anastasia remueve su masivo corpachón para echar un vistazo a su Baume & Mercier de oro macizo, regalo de Joe el Boss por servicios prestados. Sonríe. Las doce y media. Esos dos judíos siempre poniéndose en evidencia. Hace media hora que los están esperando, si no fuera por Charlie hace tiempo que ya los hubiera despachado.... Levanta la mirada. Charlie lo esta observando en el otro extremo de la herradura que forma el asiento. Tiene la incomoda impresión de que le lee el pensamiento, de que aquellos dos tizones insondables acabaran por prenderle fuego al cerebro... Un fuego que siente avivar en sus mejillas... ¡Joder! Sólo faltaba que le hiciera sonrojarse... vuelve a esbozar la sonrisa que perdió al ver la hora que era. Menos mal que su natural don del disimulo, mejorado por años de practica, le dota de una camaleónica máscara que ni la mismísima mirada de Lucky Luciano consigue traspasar.
“Gilipollas...” Luciano alza las cejas y le devuelve la sonrisa. Albert siempre será un campesino con una lupara. Recorre la sala con la mirada, demorándose en las curvas de algunas hembras que bailan enfundadas en trajes de satén y pedrería. Sobre el escenario, dando saltos endemoniados, una pareja de negros danzan swing, ese nuevo baile nacido en la jungla de asfalto. En la pista decenas de parejas intentan imitarles con poca fortuna. En una de las mesas reconoce a aquel actor, rodeado de una corte de aduladores que simulan reírle las gracias, interpreta el papel de enemigo público en una película que esta cosechando un gran éxito.
-¿Como se llama ese tipo- pregunta a Costello, sentado frente a él-?
-¿Aquel rubio?
-Sí, el actor.
-Es Cagney, James Francis Cagney. Un irlandes.
-¿Y la chorba que esta sentada a su derecha?
En la mesa, la muchacha aparentaba no prestar atención al resto del grupo. Con franca apatía juguetea con la sombrilla de su coktail, observando a los bailarines.
–Creo que actúa con él en esa película que están dando en los cines de Brodway.
-Sí... El enemigo publico... el terror de la ciudad... con esa cara de muñeco. ¿La has visto?
-¿La película?
-Huum...
-No, no la he visto... Ella se llama Jean Harlow. Tiene fama de calentorra.
Costello, encargado de cultivar contactos, engrasar pezuñas, o deslizar consignas, sugerencias o consejos oportunos, en oídos distraídos, asistía por negocio a las recepciones que se organizaban en Manathan; eventos a los que iba la fauna de la política de la ciudad y en los que nunca faltaban las estrellas de moda. Sus contactos abarcaban todo lo que en Nueva York se movía.
Como si hubiere oído las palabras de Costello, Jean, en su distraído recorrido visual por la sala, desde unos ojos claros cubiertos por lánguidas pestañas, miraba en aquel instante hacía la mesa donde ellos estaban. Charlie le sonrío. Ella se demoró un instante en aquella sonrisa. Un joven de pelo negro, rasgos duros, una mirada y sonrisa peligrosas. Sin variar la expresión giró la mirada hacia el escenario con un movimiento innecesariamente brusco que hizo ondular su melena rubia sobre los hombros. Costello sonrío a Charlie.
-Ya la tienes en el bote.
-No lo dudes.
Adonis discutía con Genovese sobre la oportunidad de introducirse en Harlem.
-Te dijo que eso no nos traería más que problemas con el holandés.
-Que se joda el holandés... –Genovese inhaló unas bocanadas de su habano, ensanchándose en el asiento repujado de cuero rojo. Lanzó una mirada al frente, sin objetivo concreto, como un desprecio general por todo en conjunto y nadie en particular, el reflejo de un poder interiorizado... Sopló una larga nube azulada...
Anastasia, sus pobladas cejas contraídas, lo contempló: “Otro hijo de puta imbécil y ambicioso”. Genovese se giró con brusquedad encarándose con él.
-¿Qué has dicho?
-... ¿Yo?
De repente, expectantes, todos miraron a Anastasia. Adonis puso los ojos en blanco fijando el techo mientras empujaba uno de los faldones de su chaqueta hacía atrás. Dejó la mano derecha en el regazo mientras con la izquierda depositaba su cigarro en el cenicero. A su lado Genovese se había incorporado avanzando su cuerpo sobre la mesa.
-Me has llamado “imbécil hijo de puta”...
Anastasia sonrió...
-No he dicho nada... ¿Qué te pasa?
-¡Te hace gracia!
Albert desconcertado sintió el aliento de Genovese y vio su rostro crecer desmesuradamente. Le sobresalto el brillo de una navaja y sintió el acero lacerarle el rostro.
Al abrir los ojos se encontró con su mirada espantada en el espejo. Ni bailarines... ni música... En la pared debajo de un reloj que marcaba las 10h un calendario anunciaba el 25 de octubre 1957. En el reflejo del espejo, un tipo a sus espaldas una navaja de afeitar en la mano, le devolvió la mirada, asustado....
Albert se tocó la cara. La sangre brillaba en la yema de sus dedos. En la barbería todo se había inmovilizado. Arturo, el dueño, empalideció, el cliente al que estaba atendiendo, miraba fijamente al espejo, empeñado en no enterarse de nada de lo que estaba ocurriendo a su lado.
Anastasia se recobró con rapidez, limpió sus dedos en la servilleta que le colgaba del pecho. Echó una mirada adusta alrededor... Jiusepe, el empleado, con la barbera levantada, una minúscula gota de sangre irisaba en el reflejo acerado del filo, observaba transido la mirada homicida del mafioso.
Muchos clientes con el calor de las toallas húmedas y el masaje jabonoso de la brocha se quedaban somnolientos. Cuando percibió que el Señor Anastasia flojeaba le sujetó suavemente un lado de la cara mientras proseguía el rasurado.
-Estoy desolado siñore Albert... Ha sido un descuido, le ruego disculpe la torpeza de Jiuseppe.
Anastasia extendió la mano.
-Dame otra servilleta.
Llevaba algún tiempo viniendo todas las mañanas a poner su cuello en las manos de Jiuseppe y esta era la primera vez que le cortaba.
-Enseguida Siñore Albert – el barbero lanzó una ojeada urgente a su empleado que permanecía inmóvil como un imbécil, con la navaja en ristre.
- A que esperas Jiuseppe. ¡Rápido, trae una toalla!
El mafioso giró el sillón desviando la mirada del espejo.
-Te la he pedido a ti.
-... Claro, ahora mismo.
El barbero se limpió la frente con la manga de la blusa. Cogió una toalla limpia del paquete sobre el mostrador y se la tendió, obsequioso.
Jiuseppe restregó el filo de la navaja en la servilleta que le colgaba del hombro dejando un machón rojizo.
Oyeron el carillón de la puerta... el único cliente, a parte de Anastasia, se largaba apresurado sin acabar su corte de pelo, aprovechando que nadie se fijaba en él.
Por el vano de la puerta entró una corriente de aire frío que en el exterior envolvía a los peatones en nubecillas de vahó. Sin tiempo para que la puerta se cerrara de nuevo, entraron dos hombres. Sombreros sobre los ojos, cuellos subidos y bufandas protegiendo sus rostros. Anastasia se giró suavemente, mientras acababa de limpiarse los restos de jabón y sangre.
Epilogo
Albert Anastasia: fue asesinado el 25 de octubre 1957 a las 10,10' h de la mañana, en local de su barbero al que acudía cada mañana; victima de las argucias de Vito Genovese por hacerse con el poder dentro de la Cosa Nostra… Pero esa es otra historia.
Fuego cruzado
Gris de campaña
Un hermoso lugar para morir
Ocho millones de maneras de morir
Reina del crimen
La resurrección de los muertos
Rosa sangrienta
Todo está perdonado
La última causa perdida
Voces que susurran