comic
Belita Morales
Por: Manolo Rodriguez /julio2010
Me enamoré de Belita Morales la primera vez que la vi. ¿Pero quién es Belita Morales? ¿Dónde la encontré?
Hace poco más de un año cayó en mis manos el cómic Niebla en el puente de Tolbiac del dibujante francés Jaques Tardi.
En la primera página, en la tercera tira la viñeta de la izquierda, un personaje lee una carta en el metro, en el exterior llueve y en segundo plano aparece una joven misteriosa. Es ella. No sabía quién era, no sabía su nombre, pero desde ese momento me quedé enganchado.
Leí el cómic esperando volver a verla y cada vez que aparecía me quedaba mirando fijamente su imagen. Me atraía la aparente tranquilidad que transmitía, su belleza. Al tiempo era extraña, enigmática. Parecía segura de lo que hacía y decía. Era sencilla y al tiempo sugerente.
Terminé la lectura sin saber muy bien lo que había leído. Sólo recordaba la imagen de aquella mujer y su nombre: Belita
Morales.
Tuve que volver a leer el cómic para enterarme de la trama, de lo que Jacques Tardi me contaba.
Entonces encontré una buena historia, unos personajes interesantes y además, me enteré, que el dibujante había adaptado la novela homónima escrita por un tal Léo Malet.
Empecé a investigar. ¿Quién era Léo Malet? En internet descubrí que, fue un escritor francés de novela negra, que publicó Niebla sobre el puente de Tolbiac en 1956. Que la novela forma parte de una serie protagonizada por el detective Néstor Burma. Y que Léo Malet (1909-1996), en su adolescencia, fue un joven libertario, aunque más tarde se definiría a sí mismo como anarquista conservador.
Todo esto tenía buena pinta, así que me animé a leer también la novela.
Confirmé algo que ya había observado en el cómic: Néstor Burma es un detective con cierta alergia a la pasma que mantiene algunas de las características básicas de los detectives clásicos: solitario, libre, independiente e íntegro. Tiene una oficina, con secretaria, por donde nunca pasa. Se mueve por el París de los años 50, poco después de finalizada la Segunda Guerra Mundial. Tiene también un pasado anarquista y mantiene, a su manera, bastantes de sus ideales juveniles. Se implica en los casos que le llegan, siendo consciente de que con su constancia y su intuición llegará a descifrarlos, pero no le preocupa si estos le reportaran, o no, algún ingreso económico.
Llegué a la conclusión de que Néstor Burma es, en cierta medida, un trasunto de Léo Malet.
Profundicé igualmente en otro de los personajes principales de la novela: Abel Benoit cuyo nombre antes de la guerra era Albert Lenantias. Abel es el fiambre que en toda novela negra no puede faltar. Era un trapero, libre, independiente e íntegro, antiguo anarquista que no había perdido sus ideales libertarios en una sociedad que los iba dejando de lado. En su pecho lleva tatuado “Ni Dieux ni Maitre” (“Ni Dios ni Amo”). Conoció a Néstor Burma, a finales de los años 20, en un centro donde se alojaban militantes libertarios. Néstor era un chaval en aquel tiempo.
Aunque hace treinta años que no se han vuelto a ver, Benoit intenta contactar con Néstor Burma a través de Belita Morales.
Y a partir de ahí llegamos a saber que Belita Morales fue "comprada" por Benoit a una tribu de gitanos, lo que supuso su liberación. Le enseñó a leer y a escribir, la convirtió en una persona, en una mujer. Treinta años después seguía siendo fiel a sus principios incuestionables basados en la dignidad del ser humano. Lo que, en opinión de algunos, le convertía en sospechoso. En un momento dado un personaje de la novela comenta, refiriéndose a Benoit: “ Lenantais era un hombre puro, o sea, mucho más peligroso para la sociedad que muchos otros”.
La novela de Léo Malet y el cómic de Jacques Tardi no me descubrieron únicamente a Belita Morales, a Néstor Burma y a Abel Benoit, también, como en todas las buenas novelas negras, me mostraron una ciudad: el París de los años 50 donde se desarrolla la trama. Son magníficas las viñetas de Tardi que reflejan el París nocturno con sus calles adoquinadas y solitarias o las escenas de lluvia constante que conforman la atmosfera en la que se desarrolla la novela.

Asimismo deja rastro de lo que está viviendo la sociedad del momento: la guerra de liberación de Argelia (1954-1962).
También los bares y cafés donde transcurren algunos pasajes..
En uno de los ellos, una vitrola hace sonar Gare au gorille de Georges Brassens, canción de otros tiempos.
No puedo reprimir el impulso de incluir los primeros versos de la versión en castellano que cantó Joaquín Carbonell:
A través de las anchas rejas
de la jaula de un bello zoo
Contemplaba un grupo de viejas
un gorila muy juguetón;
sin ningún pudor las comadres
Señalaban cierto lugar
Que como es natural mi madre
Me ha prohibido aquí citar.
Ojo al gorila
De repente se abre la puerta
de la jaula del animal
¿Cómo es posible que esté abierta?
alguien debió cerrarla mal;
El mono al verse sin grilletes
En vez de ¡Viva la libertad!
Dijo tocándose el paquete
"Hoy pierdo la virginidad".
Ojo al gorila
Os recomiendo no dejéis de escuchar la canción cantada por Georges Brassens: http://www.youtube.com/watch?v=ja665-6h_sA
Ni la versión en castellano de Joaquín Carbonell y Joaquín Sabina: http://www.youtube.com/watch?v=Ii4IqtLkFmE
Pero volvamos a mi enamorada Belita Morales. Las descripciones que hace Léo Malet de ella ampliaron mi admiración por Belita.
Así la describe la primera vez que aparece en la novela:
“Contaría, a lo sumo y en total, veinte años. De altura media, bien proporcionada. La trenca desabrochada, un tanto dudosa -como todas las trencas-, dejaba al descubierto una falda de fieltro roja y un jersey negro bajo el cual dos senos menudos, pero firmes, se erguían autoritarios. Le ceñía el talle un cinturón de cuero natural claveteado. La melena suelta, negra con reflejos azulados, enmarcaba el óvalo puro de un bonito rostro de cutis ligeramente cobrizo, en el cual se abrían dos ojazos oscuros y unos labios sensuales, realzados con un lápiz de labios de color claro. Colgaban de sus lóbulos unos aros de metal dorado que oscilaban al ritmo del traqueteo del tren. Tenía aspecto de gitana y el porte majestuoso de la mujeres de su raza. Todas ellas, o casi, son de sangre real”.
Y de esta manera describe su voz: “Su voluptuosa voz, algo ronca, tenía un deje cansado y melancólico. Una tristeza infinita, un amago de miedo quizá, se adivinaba en sus pupilas marrón oscuro con chispas de oro”.
Belita Morales que inicia esta historia como un personaje secundario y que incluso Léo Malet podría haber desarrollado sin su presencia, se va convirtiendo en el personaje central que sintetiza una magnífica novela. Luego Jacques Tardi la hace eterna.
Léo Malet fue consciente de esto cuando dijo: “Las muertas de papel se resisten a morir”.
