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THE WIRE

Por: Jesús Lens /julio2010

THE WHIREDe un tiempo a esta parte, es un lugar común el decir, escribir y escuchar que el mejor cine del siglo XXI se está haciendo en la televisión. La televisión, habitualmente odiada y denostada, se ha convertido en el refugio de los creadores más osados, libres, rompedores, visionarios y a contracorriente del panorama audiovisual norteamericano. Y el paradigma de esta nueva televisión, que vive una edad dorada, es la HBO, cadena de pago que, no sujeta a las estrictas normas censoras de la televisión en abierto, permite a los guionistas elaborar tramas complejas y personajes con muchas dimensiones, mostrando litros sangre y hondonadas de violencia, además de posibilitar que los protagonistas hablen como la gente de la calle, con sus “fuck”, “shit” y demás jerga y slang.

El paradigma de esta nueva televisión fue “Los Soprano”, cuyas seis temporadas son idolatradas por millones de rendidos fans de todo el mundo. Y, tras el éxito que supuso la actualización del mito de los mafiosos, le llegó el turno a los policías, de la mano de un genio llamado David Simon que, con su “The wire” (La escucha) ha revolucionado el arte de contar historias.

Otro tópico feliz: si Balzac, Dickens o Shakespeare hubieran tenido que escribir en el siglo XXI, lo habrían hecho para la HBO. Efectivamente. Para los aficionados al género negro, saber que detrás de los guiones de The Wire están autores como George Pelecanos o Richard Price no hace sino dar carta de naturaleza y veracidad a esa osada afirmación.

Así, no es de extrañar que el crítico Carlos Boyero, habitualmente ácido, sarcástico y vitriólico, declare con estas palabras su amor y su pasión por “The wire”: “No hay que prestársela a nadie, pero sí regalársela a las personas que quieres. Hay que guardarla con mimo, como las obras completas de Shakespeare y de Stevenson, las mejores películas (casi todas son buenas) de Ford y de Wilder, las canciones de Sinatra, los discos de Coltrane, los recuerdos maravillosos, esas cosas que con un poco de suerte te van a acompañar hasta el último día.”

Hay un momento, en la primera temporada de la serie, en que uno de los policías, McNulty, sigue hasta unas dependencias municipales a uno de los traficantes a los que andan investigando. ¿A qué ha ido allí? ¿A sobornar a algún funcionario? No. A algo mucho más prosaico: el presunto delincuente afroamericano está siguiendo un curso... de introducción a la economía.

Mientras, otros dos policías que participan en el dispositivo de seguimiento a la banda de Barksdale se enfrentan a un examen para ascender a inspector. Dos acémilas, uno blanco y otro de color, que no saben hacer la O con un canuto y que, por tanto, y aunque no sea su jefa directa, siempre hacen caso a todo lo que les sugiere Kima, una sensata y corajuda afroamericana, lesbiana, con rasgos orientales.

Sirvan estos datos como presentación de una serie policíaca absolutamente revolucionaria, que subvierte las convenciones habituales del género. Desde el primer episodio, buenos y malos adquieren el protagonismo propio de un juego de espejos en que unos y otros se ven perfectamente reflejados en pantalla, con sus grandezas (pocas) y sus miserias (muchas), cargadas a su espalda. Un juego de espejos en el que la realidad que reflejan no puede ser más siniestra e inquietante.

A través de una narración coral, compleja, pausada y densa, muy densa, “The wire” refleja con precisión entomológica la tupida red de corrupción, amiguismo, burocracia, desidia y maldad que preside nuestras vidas, aunque nos creamos ajenos a todo ello. Desde el tráfico de drogas a las corruptelas sindicales, pasando por el papel de los medios de comunicación o la depauperación del sistema educativo, “The wire” es la mejor representación del lado oscuro del sueño americano que se pueda ver en una pantalla, de cine o televisión.

¿Y cómo lo han conseguido sus creadores? A través de siguiente declaración de principios de David Simon, padre de la criatura: “La pauta que sigo para intentar ser verosímil desde que empecé a escribir ficción es muy sencilla: que se joda el lector medio”.

Jesús Lens Espinosa de los Monteros
blog del autor:patenado el mundo

 

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