música
AMY WINEHOUSE
SWINGING ON THE WILD SIDE
Por: Pablo Fernández /julio 2010
Hablemos de mujeres. De mujeres malas. En concreto, de mujeres aparentemente malas, de ese icono que revolotea por todos los parajes del género negro bajo la denominación de femme fatale.
Revolotean con libertad como mariposas perversas, posándose donde les place, o más bien dónde les conviene, manipulando a todo pobre desgraciado que se deje deslumbrar por el colorido cosmético de sus alas. Si hacemos memoria, todos recordamos alguno de estos célebres personajes, y seguramente lo hagamos con imágenes en blanco y negro, reviviendo la lánguida elegancia de esas mujeres que escondían bajo una pátina de falsa sofisticación todo un entramado de pulsiones primarias- ya sean sexuales o de orden moral como la codicia o el resentimiento- que acababan por salir a la luz inevitablemente.
Si bien estos pequeños apuntes pueden tomarse como relativos a personajes de ficción, la femme fatale, en mayor o menor medida, existe en el mundo real como bien habrá podido comprobar el lector a lo largo de su experiencia vital. Y ¿cómo podemos definir e identificar a la femme fatale en el mundo contemporáneo, en una sociedad que, en nombre de la tolerancia, de lo políticamente correcto y de las libertades individuales ha obligado a llevar a cabo al ciudadano una apertura de miras que ha acabado en estrabismo moral?. Pues Amy tiene la respuesta, y, además, es bien sencilla: la femme fatale no precisa ya de ningún encanto a modo de camuflaje, ni tampoco necesita la aguda inteligencia que mostraba una Lauren Bacall en su agrio juego dialéctico plagado de reproches retóricos con un sudoroso Marlowe. Amy ha detenido el vuelo de estas impostoras de un manotazo certero, demostrando que los colores de sus alas no deslumbran lo suficiente para esconder que han sido, y siguen siendo, gusanos en esencia.
Desde el principio lo dejó bien claro. Ella también vive por y para sus pulsiones más primitivas y a partir de este precepto se sucede en consecuencia su deriva vital. Pero ella la acepta e, incluso, la festeja, porque libre de guardar las formas, sus deseos son la verdad más transparente y llana y lo único que necesita para hacer y deshacer a su antojo tanto o más como la más taimada y perfumada femme fatale.
Con una vocalización siempre precisa, defendiendo su realidad sílaba a sílaba, la voz de la Winehouse aparece como un muestrario de los mejores atributos de la música negra bien asimilados y conjuntados de manera inequívocamente personal. Lo primero que se nos viene a la cabeza inevitablemente al hablar de su voz es el registro grave y la dicción chulesca de “Rehab”. Absorbiendo toda la energía y el descaro de la Tina Turner de los tiempos de Ike & Tina, Amy sorprende con un tema que lleva el sello de Motown desde el primer al último compás. Energía bien medida, groove contagioso y una voz que habla con distancia irónica de sus miserias evitando en todo momento el tremendismo. Esta es un poco la tónica general que comparten el resto de temas del segundo álbum de Amy (“Back to Black”, Island Records, 2006) con el primer corte. Si para la mayoría de la crítica, “Back to Black” es un álbum más maduro que “Frank” (Island Records, 2003) por tener un estilo más homogéneo y una producción notablemente más elaborada que la de su primer trabajo, para el que escribe, “Back to Black” adolece de cierta premeditación en su factura que denota la búsqueda de un producto concreto, principalmente por parte de los productores. Si comparamos ambos trabajos, encontramos que “Frank” es más arriesgado. Destaca en este álbum la mayor presencia del lenguaje jazzístico, siempre en novedosas combinaciones con el soul, el hiphop, el r´n´b e incluso el dub en una sucesión de temas que tal vez, haciendo una concesión a sus detractores, resulte a veces un tanto torpe y desaliñada, pero que desprende una frescura difícil de encontrar actualmente en un primer trabajo.
“Frank” se abre con unos segundos de tarareo desnortado para dar paso a “Stronger than me”, uno de los temas donde Amy muestra que ha aprendido bien la lección de la Billie Holliday más inquisitiva e insolente, pidiendo mucho y dando lo justo para mantenernos en vilo esperando que nos regale un vibrato apaciguador al final de cada frase. Sobre un sedoso fondo instrumental, Amy, pura carnalidad, exalta al macho-alfa y echa leña al fuego dándole allí donde más le duele, en su hombría, para reclamar que el hombre vuelva a su rol clásico más allá de lo políticamente correcto. A pesar de lo impetuoso del mensaje, el tono es cansado, derrotado, como de alguien que pide algo que no espera porque ya debería haber sucedido.
En esta misma dirección, encontramos una serie de temas en los que Amy muestra sin tapujos las contradicciones de su naturaleza para utilizarnos como espejo e intentar aceptarse a sí misma. En “Know you now” retrata un equívoco sentimental mantenido durante demasiado tiempo debido a cierta inocencia por su parte, mientras que en “I heard love is blind” justifica la traición debido a su incapacidad de dominar su naturaleza y añade una nota irónica (“dicen que el amor es ciego...”) para demostrar que vivir a su lado consiste en ser capaz de pasar página cada día. Dos actitudes, las de estas dos canciones, que constituyen una contradicción en perfecto equilibrio.
Dentro de esta temática genuínamente fatale, destaca “What it is about men”, un tema que camina con la fluidez acuosa del mejor Isaac Hayes, dejando espacio para que la voz de Amy, en esta ocasión, transparente y reflexiva, confiese que no tiene ninguna coartada freudiana para explicar su tendencia repetida, como si fuese cosa del destino, a elegir al hombre menos adecuado.
El resto del disco discurre entre incursiones tímidas en el terreno del trip hop (“In my bed”), el funk reposado (“October Song”,”Outro”),el standard ( “Moody´s mood for love “de James Moody y Eddie Jefferson), algunos toques dub y la presencia continua de elementos del hiphop, especialmente las cajas de ritmos que marcan un flow atractivamente callejero. Mención aparte merecen dos temas especialmente personales: “Fuck me pumps” y “Take the box”. El primero es una viñeta costumbrista ambientada en la decadente atmósfera de la cultura de club y el ocio nocturno, donde aparece la Amy más socarrona (y so-cabrona) desenmascarando a las busconas que pueblan la noche en busca de un buen partido. El tono es tan incisivo como festivo, con ese estribillo en el que los oídos más pervertidos, entre los que se encuentran los de el que escribe, echan de menos un buen arreglo de dixie band para resaltar lo cabaretesco del asunto. Crónicas deslenguadas de ese lumpen mediatizado tan querido en nuestro país y en el de la Winehouse.
Respecto a “Take the box”, volvemos a encontrarnos con la Amy confusa que retrata, con una gama de colores vocales tan amplia como la de Sarah Vaughan, una ruptura con todos sus pequeños detalles domésticos. La elegancia del discurso no evita que en vez de dejar una carta de despedida a modo de colofón de la historia que relata, acabe dejando un regalito escatológico, como buen animal de suburbio londinense que acepta sin complejos su naturaleza.
Siguiendo con su descalabrada andadura personal, que no artística, llega el éxito internacional y el reconocimiento de la crítica a nivel global - la cual ya había reconocido “Stronger than me” con el premio Ivor Novello a la mejor canción del año- con la aparición de “Back to black” en 2006.
Como argumentábamos antes, es un trabajo más compacto que “Frank” y un tanto más cómodo para el gran público debido principalmente a que desaparece casi en su totalidad la parte jazzística de su estilo. No es intención del que escribe defender una postura purista al respecto, puesto que uno es el primero que reconoce este álbum como una obra maestra en sí mismo, pero, como dijimos antes, la frescura que irradiaba “Frank” con su juguetona mezcla de estilos desaparece en “Back to black”. Eso sí, este cambio no es en absoluto para mal, pues la profunda inmersión en el soul que le sigue nos deja fascinados. Se trata tan solo de una pequeña añoranza de la antigua Amy, que, por fin, se ha hecho una mujer irremediablemente adulta, dejando atrás a la encantadora hooligan sentimental para tomar el papel de resabiada viuda negra – como podemos ver en el video-clip del tema que da nombre al disco - perdida en los registros graves de una voz arañada por los excesos. Pero dejando atrás otros caminos que podía haber tomado, según se nos mostraba en “Frank”, Amy decide rehabilitar, nunca mejor dicho, la salud del soul y del r´n´b primitivo volviéndoles a insuflar la vida -la mala vida- que desprendían en su época de esplendor, tarea de la que sale más que ganadora cuando nos descubrimos moviendo las posaderas sin darnos cuenta al sonar “Rehab”. Desde luego, la fuerza que tiene “Back to black” en conjunto no deja indiferente a nadie, aunque el oyente nunca haya oído hablar de la Motown o del Northern Soul.
En líneas generales, el álbum se mueve a través de todas las fases de la evolución de la música pop negra. Así, “Me and Mr. Jones”, cuenta con una instrumentación a lo Fats Domino en medios tempos clásicos como “Blueberry Hill”-especialmente el piano y los vientos-, unos arreglos vocales que remiten al añejo doo-woop y elegantes reminiscencias del mejor jazz vocal. “Wake up alone” es otro tema que presenta una mixtura de estilos muy parecida. Puede decirse que estas dos composiciones contrastan estéticamente con el resto del disco aportando una vuelta a unas raíces más remotas que en los temas de carácter soul.
El segundo single elegido después de “Rehab” fue “You know I´m no good”, nueva vuelta de tuerca al tema de la fatalidad y de la indeleble oscuridad interior que termina con puñalada trapera incluida. Musicalmente, la sombra de Nina Simone planea sobre la melodía y ciertos arreglos instrumentales, al igual que en el tema que da nombre al disco. “Back to black” recuerda a los temas orquestales de la Simone, y Amy lo defiende con una modulación y limpieza de voz que concuerda totalmente con el lirismo de la letra.
Podemos formar otra familia de temas dentro de álbum basados en un estilo funk elegante y reposado. “Love is a losing game” es puro Curtis Mayfield, mientras que “Some unholy war” comparte el mismo groove pero con una melodía desafiantemente melancólica y un contenido trágico-heroico acompañado por unos inesperados coros femeninos al más puro estilo del Leonard Cohen de los 80.
Dentro del soul más puro, se enmarca “He can only hold her”, quizá una de las canciones más luminosas y esperanzadoras del repertorio de Amy junto con “Just friends” y su hipnótico swing reggae.
También entran dentro del grupo de soul alla Motown temas como “Tears dry on their own”, inexplicable plagio-homenaje al clásico “Ain´t no mountain high enough”, convertido en hit por Marvin Gaye y Tammi Terrell en 1966, que no resulta demasiado memorable, y “Addicted”, donde Amy recupera el humor más barriobajero para cerrar el disco con la misma ironía con la que lo abría “Rehab”.
¿Y ahora qué?
¿Qué será lo próximo?
Sin noticias aún de un nuevo trabajo de estudio, esperamos su reaparición discográfica disfrutando de su álbum de rarezas, remezclas y caras b “The other side of Amy Winehouse” (2008) y del magnífico disco en directo “I told you I was trouble” (2007).
Convertida definitivamente en pop star y figura mediática, entre sus logros cuenta con uno especialmente destacable a título personal - y casi milagroso - que consiste en haber conseguido sacar el jazz de los ambientes elitistas en los que se mueve actualmente para volver a ponerlo a pie de calle como lo que siempre fue desde sus orígenes clandestinos: una forma de expresión espontánea y profundamente sincera que sirve como catarsis en el desesperanzador día a día de todo aquel que, obligado o por voluntad propia, se mueve en la marginalidad.
