personajes
PARKER
un tipo muy difícil de olvidar.
Karmelo C. Iribarren - noviembre 2005
Cuenta Donald Westlake (Brooklyn, Nueva York, 1933) que el personaje de Parker se le ocurrió una tarde mientras cruzaba a pie el puente de George Washington, sorprendido del viento que soplaba allí y de lo mucho que se estremecía aquella estructura tan sólida en apariencia. "Los coches pasaban a gran velocidad, el puente vibraba bajo mis pies, había una gran tensión en toda la atmósfera. Y esa era la tensión que quería para Parker", dice el escritor. Y algo de verdad debe de haber en todo ello, porque la primera novela de la serie: The Hunter, se inicia precisamente con Parker andando a lo largo de ese puente.
El libro se publicó en 1962, bajo el seudónimo de Richard Stark, sobrenombre con el que firmaría el resto de la serie, y cosechó un rotundo éxito. Tanto es así que la saga consta a día de hoy de una veintena de títulos, la mayor parte de ellos publicados en los sesenta y los setenta, y no parece que Westlake la haya dado por concluida, a juzgar, al menos, por la reciente aparición, en el año dos mil, de la última entrega.
Definido como el prototipo del antihéroe de las novelas policiacas duras, Parker es, sobre todo, un solitario, un moralista del delito. Roba y mata porque esa es su manera de ganarse la vida, pero nunca le veremos ensalzar ni una ni otra actividad. No resulta ejemplar, pero tampoco lo pretende. Frío, implacable, calculador, oscuro hasta parecer siniestro en ocasiones, Parker llega, espera junto a la ventana de su habitación de hotel a que caiga la noche, y actúa. Luego hace las maletas y se va. Parker es dos ojos fríos en un rostro de piedra.
En La luna de los asesinos, publicada por primera vez en el año 73 y reeditada en 2005, en la colección 'Línea de sombra', Westlake sitúa a su personaje en Tyler, la típica ciudad media americana. Dos años atrás, Parker tuvo que huir de Tyler perseguido por las mafias locales, dejando un botín de setenta y tres mil dólares, fruto del atraco a un coche blindado, escondido en un parque de atracciones. Tras una mala racha -dos robos, uno a una joyería y otro a una sala de arte, ambos frustrados- Parker ha decidido que es el momento de recuperar su dinero, en manos ahora de la mafia.
Por momentos La luna de los asesinos recuerda a El Padrino, libro o película que sin duda Donald Westlake leyó o vió poco antes de empezar a escribir su novela, y a cuya influencia no quiso o no pudo sustraerse.
Como su personaje, al que pocas veces veremos divagar ni elaborar edulcoradas teorías sobre lo humano o lo divino, Westlake utiliza un estilo sobrio, ágil, directo, alejado de las florituras retóricas, un estilo en el que parece importar más la acción que la descripción, lo que sucede, que las razones por las que sucede.
Sin ser la mejor de la serie -la superan ampliamente la mencionada The Hunter, llevada magníficamente al cine por John Boorman en A Quemarropa, con unos espléndidos Lee Marvin y Angie Dickinson, en los papeles estelares, y El hombre que cambió de cara-, La luna de los asesinos logra mantener el suspense y la tensión hasta el desenlace de la historia, y, por si todo ello no fuera suficiente, sirve para conocer a Parker: un tipo muy difícil de olvidar.
Fuego cruzado
Gris de campaña
Un hermoso lugar para morir
Ocho millones de maneras de morir
Reina del crimen
La resurrección de los muertos
Rosa sangrienta
Todo está perdonado
La última causa perdida
Voces que susurran