arqueología
EL TRHILLER
PEQUEÑAS GRANDES OBRAS
Karmelo C. Iribarren - Octubre 2005
El género literario que hoy conocemos como thriller nace a mediados de los años cincuenta, a partir de las novelas de Ian Fleming, John Le Carré y Eric Ambler, entre otros, y se nutre de la narrativa popular en sus diferentes propuestas hasta entonces: la novela de aventuras, la novela gótica, la novela policial de carácter deductivo y la novela negra. Como no podía ser de otra manera en un género dirigido al gran público, entre el que abunda ese lector no excesivamente exigente, los thrillers se sustentan en un lenguaje directo, eficaz, sin detalles o alardes retóricos que distraigan la atención del lector. El resultado, obvio es decirlo, no siempre es satisfactorio. La pobreza literaria es uno de los grandes enemigos del thriller (otro sería, por más paradójico que resulte, la industria editorial, el mercado, que, consciente de la gran demanda de esta literatura, del negocio redondo que es, da publicidad de grandes obras a novelas mediocres la mayoría de las veces, cuando no francamente malas). Pese a lo dicho, el thriller cuenta y ha contado siempre con grandes autores y grandes títulos en sus filas. A los citados Le Carré, Fleming y Ambler habría que añadir nombres como, por ejemplo, Bill S. Ballinger, Frederick Forsyth, Tomas Harris, Stephen King, Michael Crichton y Ken Follett, estos dos últimos autores de un par de pequeñas obras maestras del género: El gran robo del tren (1975) y La isla de las tormentas (1978).
Situada en 1855, en plena época victoriana, El gran robo del tren noveliza el robo real de que fue objeto el tren que trasportaba de Londres a París todos los primeros de mes las nóminas de los soldados ingleses destacados en Crimea. Aunque con un narrador omnisciente, desde el punto de vista técnico la novela es deudora de la "crook story", subgénero negro que desplazaba el protagonismo hacia el delincuente. Las concomitancias con Atraco perfecto de Lionel White y Pelham Uno Dos Tres de John Godey son evidentes. Para escribir su novela Michael Crichton se basó en la gran documentación que aportaron en el juicio Pierce, Burgess y Agar, los tres principales participantes, detenidos en 1856, año y medio después del hecho, y en las crónicas periodísticas que suscitó el acontecimiento. La novela, al margen del robo, del hecho real en sí, es un documentado y ameno retrato de la sociedad londinense (victoriana por extensión) de la época. Como el tren que la protagoniza la narración gana fuerza conforme nos alejamos de la capital del Támesis.
Ambientada también en Londres, sólo que casi un siglo después, en plena guerra mundial, La isla de las tormentas, del escritor galés Ken Follett, parte de un episodio histórico conocido (la estrategia por parte de los servicios secretos aliados para hacer creer al enemigo que la invasión se iba a llevar a cabo por el Paso de Calais y no por Normandía, con lo que contarían con el factor sorpresa) para extenderse luego en una interpretación ficticia de los hechos que, como dice el propio autor en un pequeño prefacio, quizás no difiera mucho de lo que aconteció realmente. Sobre esta base argumental Follett construye una novela rápida, trepidante, sin que falten por ello las pinceladas costumbristas, los retazos de cotidianeidad, de vida diaria, lo que conocemos por intrahistoria.
Desde su publicación, mediados los años setenta, El gran robo del tren y La isla de las tormentas no han dejado de reeditarse. La razón es muy sencilla: estamos ante dos excelentes novelas. Muy recomendables son también las versiones cinematográficas de las mismas, El primer gran asalto al tren y El ojo de la aguja, dirigidas por Michael Crichton y Richard Marquand, respectivamente, e interpretadas las dos por Donald Sutherland.
El gran robo del tren (1975), Michael Crichton
La isla de las tormentas (1978), Ken Follett
Fuego cruzado
Gris de campaña
Un hermoso lugar para morir
Ocho millones de maneras de morir
Reina del crimen
La resurrección de los muertos
Rosa sangrienta
Todo está perdonado
La última causa perdida
Voces que susurran