Entrevista: Pedro de Paz
El hombre que (re)mató a Durruti
Por Sergio Vera Valencia /noviembre 2010

Pedro de Paz (Madrid, 1969) es un tipo especial. No es alto, no es guapo, pero tiene algo. Un innegable encanto natural, que dirían algunos. Más no a la manera forzada de la que hacen gala otras personas. Le sale de dentro. Es así.
Y eso que fue incluido en la prestigiosa Lista Negra (Salto de Página, 2009) que confeccionaron los directores del Congreso de Salamanca con los que, a su juicio, eran los mejores autores patrios del género surgidos en los últimos tiempos.
Y eso que su última novela publicada, El documento Saldaña (Planeta, 2008) fue una de las 25 más solicitadas por los lectores que más saben de esto del negro en nuestro país, los que se reúnen, de forma más o menos clandestina y periódica, en La Bóbila de Hospitalet.
Y eso que este año acude al festival Getafe Negro para presentar la reedición de su ópera prima, el hombre que mató a Durruti, con la que se alzó con el Premio José Saramago en el año 2003, y fue traducido al inglés para el prestigioso sello ChristieBooks.
Pero, ¡qué se le va a hacer! si es así….sus amigos tendremos que seguir adorándole como persona, envidiándole como autor y aprovechándonos del hecho para poder entrevistarle para vosotros.
Por José Ramón Gómez Cabezas, maestro de ceremonias del acto, y Sergio Vera Valencia, uno con muchas preguntas que pasaba por allí.
Mucho hemos tenido que esperar tus lectores para poder echarle por fin el guante a la descatalogada obra que reeditas con la recién creada editorial Aladena. ¿Por qué nos has tenido en vilo tanto tiempo, es que te gusta ir de duro, o sólo hacerte de rogar como las chicas guapas?
No ha sido intencionado. En su día, por obra y gracia del premio José Saramago que ganó esta obra, se lanzó una tirada institucional, de pocos ejemplares y carácter prácticamente testimonial. Como creo sinceramente que la obra merecía, en ese aspecto, más suerte de la que tuvo en su día, he andado todo este tiempo evaluando distintas posibilidades hasta encontrar una que me ofreciese las garantías necesarias para ponerla de nuevo en la calle. Y ese momento ha llegado con Aladena.
La trama de El hombre que mató a Durruti, gira entorno a la ficticia investigación llevada a cabo por el también inventado comandante Fernández Durán, en pos de desentrañar los misteriosos acontecimientos que rodearon la muerte, histórica, del famoso dirigente anarquista. ¿Cómo surgió la idea de la novela?
A raíz de un interés personal por conjugar dos de mis grandes pasiones: la novela policíaca y la Guerra Civil Española. Lo primero que tuve claro es que me apetecía escribir un texto policíaco ambientado en ese periodo de la historia de España. Tratando de encontrar un episodio lo suficientemente intrigante —o inventarlo si no lo encontraba—, mis lecturas personales sobre la Guerra Civil me condujeron a las oscuras y peculiares circunstancias que rodearon la muerte de Buenaventura Durruti. Mi intención inicial era crear un relato breve, pero la pasión que despertaron en mí los hechos y la trama terminó por conducirme finalmente a escribir una novela. Corta, pero novela al fin y al cabo.
Fue, por otra parte, tu primera incursión en el mundo editorial. ¿Qué te empujó a dedicarte al noble arte de juntar letras y emborronar páginas?
Una crisis de fe. No mística, sino profesional. De adolescente siempre había tenido querencia por esbozar historias, a escribir pequeños cuentos y relatos, pero todo eso pasó a la historia cuando descubrí la informática, un descubrimiento que coincidió, allá por finales de los ochenta, con el incipiente boom de la informática doméstica. Los ordenadores se convirtieron en mi pasión y logré la fortuna —aparente— de poder hacer de ello mi profesión. Alguien muy sabio me dijo en una ocasión que «si conviertes tu pasión en profesión, dejas de tener una pasión para tener, a cambio, un oficio». Yo tardé en descubrirlo quince años. Y al cabo de ese tiempo me encontré con que la informática me hastiaba y no había cultivado otras opciones durante un largo periodo de mi vida. Retomar mi afición literaria se convirtió para mí en una especie de terapia. Lo que nunca imaginé es que el asunto iba a fascinarme hasta el punto de volcarme en ello.
Pero cuéntanos, aparte de una versión revisada del texto original, ¿qué sorpresas nos depara esta nueva edición de El hombre que mató a Durruti?
Esta edición va acompañada a modo de bonus track de un epílogo que diserta en tono ensayístico sobre distintos aspectos biográficos del periplo vital de Durruti, sobre el proceso de creación de la novela y sobre mis propias conclusiones respecto al episodio de su muerte. E incluye alguna que otra sorpresilla más en forma de datos inéditos o muy poco conocidos acerca de la figura del líder libertario y de las personas que lo acompañaban el día del suceso.
A propósito, es indudable que la sombra de Buenaventura Durruti planea sobre toda tu obra. Desde la que ahora presentas, hasta la última que vio la luz hace ya dos años, cuyo protagonista, además de bautizar a su gato con ese mismo nombre, solía acudir al Kitty’s Heaven, un antro presidido por un retrato del célebre líder anarquista, mencionado, así mismo, en tu segunda novela. ¿Guardas alguna clase de trauma infantil relacionado con el bueno de Durruti, o es alguna clase de guiño recurrente?
Compruebo que tiene usted demasiada información sobre mis novelas. Me temo que tendré que hacer que parezca un accidente. En serio, toda mi obra está salpicada de guiños literarios, hacia mis propias obras y hacia obras de otros autores a quienes admiro. Me gusta ese juego y forma parte de lo que tiene de divertido la creación literaria. Muchos de esos guiños terminan por ser descubiertos por el lector, otros permanecen aún escondidos entre las páginas de mis textos, esperando a que alguien los descubra. Hay otro juego con el que también disfruto mucho y que es el desarrollo de lo que se conoce como «universo autoral». Hacer que personajes de mis novelas coincidan con otros incluso en aquellas que no se corresponden a la misma saga. A veces son meras alusiones veladas y a veces incluso interactúan unos con otros. Un autor que juega maravillosamente bien a ese juego en sus obras es Carlos Salem. A mí me gusta hacer algo parecido. Ahora se ha puesto muy de moda hacerlo en las series de televisión. Es lo que llaman crossovers. Me encanta hacer crossovers en mis propias novelas.
Y, hablando de guiños, ¿vas a continuar con tu descabellado plan de hacer que diversos personajes de tus obras converjan en el tugurio ya mencionado, como hiciste con Miguel Cortés, de El documento Saldaña, y Jaime Areta, de Muñecas tras el cristal?
Lo dicho. Un accidente. Tiene que parecer un accidente. Sí, tengo previsto que el Kitty’s Heaven converja como lugar recurrente en algunas de mis obras. No en todas, pero sí en alguna más. Puede parecer un capricho estúpido pero, como he comentado antes, me divierte hacerlo.
Por cierto, ¿es verdad que andas pergeñando una secuela de las aventuras de Cortés y Lola Álvarez?
Verdad verdadera. No concebí inicialmente a Cortés y a Lola como protagonistas de una saga, pero cuando convives doce o catorce meses con unos personajes, siguiendo su día a día, acabas por incorporarlos a tu círculo más cercano. Cortés y Lola —y unos cuantos personajes más— terminaron por caerme realmente bien, pero lo que tenía muy claro era que no quería convertirlos en una franquicia. Me planteé recurrir a ellos cuando tuviese en mente una historia en la que encajasen del modo que yo creía que debían hacerlo. Y esa historia ya la tengo. Empezaré a escribirla con el nuevo año, en cuanto logre rematar la que tengo actualmente entre manos. Será mi proyecto para el 2011. /p>
¿Y para cuándo Infierno en Madrid, la novela protagonizada, como Durruti, por el teniente Alcázar y que aparece mencionada en El documento Saldaña?
Chico, es que no se te escapa nada. No lo sé. Ahora mismo no estoy muy por la labor. Tengo en mente más proyectos de los que puedo acometer en la actualidad. Pero el tiempo lo dirá. Recuerdo tener por ahí, en el famoso cajón del escritor —que ya no es un cajón sino una carpeta del disco duro—, un esbozo de esa novela. No descarto del todo la posibilidad en un futuro.
Además, si no recuerdo mal, cabía la posibilidad de que Fernández Durán protagonizase alguna novela más. ¿Qué fue de esta hipotética segunda parte de El hombre que mató a Durruti?
En El hombre que mató a Durruti, como tal, no tienen cabida segundas partes. Esa novela es un coto cerrado que circunda un hecho muy concreto y que quedó escrita tal y como yo quería que quedase. Lo que sí ocurre es que, apelando a esa querencia hacia tus propios personajes que antes mencionaba, si concebí un argumento en el que volvía a aparecer el comandante Fernández Duran años después de los sucesos que se relatan en El hombre que mató… Esa es más probable que llegue a buen puerto por el contrario de la mencionada Infierno en Madrid. De momento lo único que me falta es encontrar tiempo. Tiempo para llevar a cabo todo lo que tengo en mente. Que ya me gustaría, ya.
Otra de referencias, ésta vez metaliterarias. En un momento de la obra, leemos como Fernández Durán le dice a su ayudante: Elemental, querido Alcázar, en claro homenaje al célebre detective consultor de Baker Street. ¿Hasta qué punto es Pedro de Paz deudor del legado de Conan Doyle?
Hasta el punto de que sé positivamente que jamás terminaré de abonar esa deuda. Conan Doyle fue para mí una de mis mayores fuentes de inspiración a la hora de decidirme a escribir. Siempre he albergado la teoría de que un escritor no es más que un lector compulsivo, excesivamente inquieto, al que no lo queda otra opción que escribir aquella novela que le encantaría leer pero que nadie ha escrito aún. En cierta medida, a mi me ocurrió eso con Conan Doyle. Había leído y releído tantas veces sus obras que necesitaba nuevas aventuras de similar orientación. Como Doyle ya no estaba disponible y la Ouija no es un medio de comunicación excesivamente fiable, no me quedó otra opción que ponerme a escribir ese tipo de historias. El hombre que mató a Durruti es un homenaje sentido y consciente hacia Conan Doyle. Parte del pago de esa deuda que mencionas.
¿Y qué otros autores del género copan tus estanterías e influyen sobre tu obra?
Los ineludibles clásicos. Muchos de ellos son un excelente espejo en quien mirarte si lo que pretendes es tratar de hacer algo que ellos ya hicieron y de una forma infinitamente mejor. Por citar algunos nombres: Conan Doyle, Hammet, Chandler, Jim Thompson, Spillane… Últimamente también tengo bastante interés por autores contemporáneos en castellano. Se está haciendo mucho y muy bueno al respecto con la ventaja añadida de que, en muchas ocasiones, dispones de la posibilidad de poder conocerlos en persona y tratar con ellos. Ventaja relativa, también es cierto. No todos los autores poseen un carácter que sea un fiel reflejo de la bondad y la calidad de sus obras. Pero es un riesgo que asumo con gusto porque muchas veces compensa con creces ese trato directo. Resulta gratísimo poder conocer a gente tan admirable personal y profesionalmente como Lorenzo Silva, Carlos Salem, Jerónimo Tristante, Jorge Díaz, David Torres, Alejandro Gallo, Andreu Martín, Gómez Ledesma… Lo dejaremos aquí ya que la lista sería interminable. Como la satisfacción de haberlos conocido.
Cambiando de tema, hace cosa de un año, te atreviste a dar el salto al formato electrónico publicando en tu página web, de forma totalmente gratuita, Ocho vueltas de tuerca, una antología con una selección de tus mejores relatos cortos. ¿Te has planteado la posibilidad de continuar haciéndolo en el futuro con obras más largas?
Por el momento no. Ocho vueltas de tuerca fue un capricho que surgió de una necesidad personal, la de recopilar una serie de textos dispersos que si bien no eran inéditos resultaban de difícil localización. Uno andaba semienterrado en una antología descatalogada; otro olvidado a medias en forma de colaboración puntual con una revista… Me apetecía que la gente pudiese leerlos en su conjunto disponiendo de ellos de forma completamente gratuita en mi página web. Pero, por el momento, en eso quedó la experiencia. Que no fue en absoluto mala, por cierto. Obtuve una cantidad bastante notable de descargas. Y la gente continúa acudiendo a por ellos.
Y, como ya es costumbre, rematamos la faena ametrallándote a preguntas cortas.
¿Fernández Durán o Miguel Cortés?
No concibo el uno sin el otro. En el fondo, todos tus personajes acaban siendo el mismo.
¿Conan Doyle o Spillane?
Conan Doyle. Sin despreciar en absoluto a Spillane. Pero son caminos distintos.
¿1936 o 2010?
Ambos dos. Cada uno tiene su puntito dependiendo de lo que quieras contar.
Esta entrevista se celebró el sábado 23 de Octubre de 2010, entre risas, amigos y cervezas,en la terraza de un bar aledaño a la carpa del festival Getafe Negro.
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