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La virgen Cabeza
Vida, obra y Milagros de Santa Cleo de la Villa
Sergio Vera Valencia/ agosto 2010
Apadrinada por Carlos Salem, aunque con un estilo más próximo al del también argentino Leonardo Oyola, con un lenguaje jaspeado de anglicismos y expresiones arrabaleras, se presentó en Gijón La virgen cabeza, la ópera prima de Gabriela Cabezón, quizá la más exótica, y sin duda también la más difícil de adquirir por estas latitudes, de entre todas las novelas candidatas al Premio Memorial Silverio Cañada de este año.
La Virgen Cabeza relata la peculiar y apasionada historia de amor de Qüity, una periodista joven y desencantada, y Cleopatra Lobos. La hermana Cleo. Santa Cleo de Villa Miseria, la voz de la Virgen. Y, a priori, la voz menos beatífica que jamás podría haber elegido la madre de Dios: un travestí y ex-meretriz, que, tras recibir una dura paliza en comisaría, jura tener el don de hablar con una imagen toscamente tallada en cemento de María: la Virgen Cabeza.
Y, pese a que, a buen seguro, la Iglesia no la canonizaría ni en un millón de años, no será porque no haya obrado milagros Cleo. O cómo llamar si no, al hecho de haber trocado una ruinosa villa de Buenos Aires, repletita de merca, putos y pibes chorros, en una suerte de Edén en miniatura, erigiendo un estanque con el que asegurar el sustento de los habitantes de la Villa, a fin de alejarlos de la prostitución y la delincuencia y lograr así dotarlos de lo más parecido a la esperanza y la felicidad que jamás se hubiesen atrevido siquiera a soñar sus infaustos moradores.
Pero, como es bien sabido, en los sueños del pobre estriban los peores temores del poderoso, celoso guardián de la injusticia que le hace merecedor de su posición de privilegio, siempre con el ojo avizor y el puño presto para castigar al insensato que se atreva a tratar de nivelar la balanza que, con tanto esfuerzo, han decantado a su favor.
De modo que la lucha de Cleo por mejorar la situación de los villeros, pronto despertará suspicacias entre sus acaudalados vecinos que, por una de esas ironías porteñas, residen tras el muro de la vergüenza que tan celosamente vigilan los santos de cemento de unos, y los guardias jurados de otros.
Y entre tantas penurias, surge el amor, de improviso y contra todo pronóstico, un amor valiente que nacerá de las cenizas del desdichado final de la utopía.
Un libro breve, pero que sorprende e impacta, como un directo en la boca del estómago. Y de los que además, inducen al masoquismo. No en vano, al contrario que la mayor parte de novelas de usar y tirar que llegan a nuestras manos hoy en día, estamos ante una de esas pequeñas joyas que no querremos terminar, que preferiremos degustar a pequeños sorbitos, muy de poco a poco, sufriendo, de forma paradójicamente placentera, con cada uno de sus breves capítulos, al ser conscientes de que eso significa que terminarlos nos acerca un paso más al final de esta crónica de una catástrofe anunciada.
Y Sin embargo, la novela es capaz de transmitir un mensaje de esperanza, de denunciar la injusticia sin caer en la moralina, y, ante todo, de hacernos disfrutar con sus entrañables personajes, que, pese a la brevedad de la obra, son capaces de dejar una huella indeleble en la memoria del lector y una perpetua sonrisa agridulce en sus labios.
La lástima es que, hacerse con esta deliciosa hagiografía Pulp, una vez terminada la Semana Negra, puede requerir del rezo de más de un rosario, la adquisición de unas cuantas estampitas, e incluso de la intercesión de la propia virgen, dado que la pequeña editorial que la publicó al otro lado del charco, Eterna Cadencia, carece de distribuidores por estos lares, de modo que aquel que quiera saber más de Cleo, tendrá que encomendarse a Santa Fe, o a alguna de las pocas librerías criollas que admiten encargos desde Europa.
Y para terminar, sólo resta rogarles encarecidamente que se hagan un favor, que dejen de malgastar el dinero en estampitas a San Cucufato, de poner velas a San Pancracio y de hacer inútiles ofrendas a tanto falso profeta negro de ascendencia vikinga, y que, con la plata que consigan, adquieran esta pequeña gran novela, puesto que , por fortuna, allí el coste de los libros no es tan sangrante, y su precio final, una vez añadidos los portes, tampoco provocará que ningún valiente lector acabe convirtiéndose en mártir del género en estos tiempos de crisis.

