libros
El humo en la botella
Zeki /julio 2010
Biedma nos tenía acostumbrados a su estilo peculiar desde, El manuscrito de Dios, al que en El espejo de los monstruos dio rienda suelta y con El Imán y la brújula, ya dio un salto brutal. El resultado de esta evolución es El humo en la botella, en la que Biedma se ha convertido en un malabarista del idioma. Pilla al vuelo las palabras, desecha las muy vistas, forma imágenes mentales novedosas, estruja el lugar común y hace papiroflexia verbal como quien masca un chicle. Ofrece el resultado al lector con una sonrisa, que se adivina sardónica, como un mago que ayuda al espectador a introducirse en la caja china donde unas señoritas le harán picadillo con una moto sierra.
Bajo la impenetrable mueca del mago en el que sea convertido, Biedma nos señala la puerta de entrada al pandemónium. Dentro, debajo de descomunales barrigas cerveceras travestorros, con braguitas rosas y medias de rejilla, puede que le inflen a hostias si usted rehúsa tirarse a su esclavo, postrado ante una nevera, el culo en pompa. O que le inviten al atraco de un banco clandestino, mientras le pasean de aquí allá por una Sevilla tenebrosa y fantasmal donde las trastiendas albergan a tipos de lo más extraño que intentan sobrevivir arrinconados entre sus enfermedades y las enfermedades mentales de los demás.
Set Santiago el detective de esa Sevilla neogótica, el padre de unas gemelas de la que ya sólo queda una, la sícopata, va detrás de Eme, huido de un centro de reposo, -ya no hay manicomios y sólo los pudientes pueden permitirse el lujo de estar zumbados-. Eme va detrás de Peña siguiendo las oscuras indicaciones de un cuaderno: ADENA. Peña, Mengele y Anube van detrás de Victor, y detrás de todos ellos van los Padres de Ateneza.
La narrativa de Juan Ramón Biedma es una puerta abierta que el lector franquea con la seguridad de que, pasado el umbral, caerá una lluvia acida persistente, que ira decapando la: NORMALIDAD, y dará paso a una sociología delirante volviendo visibles a los que en ella son invisibles. Hay una ternura evidente en el trato a los personajes por mucho que un humor socarrón, por veces encabronado, sea el rasgo que más abunde en la novela. El maridaje del cuento de terror, neogótico, el negro y el cómic con juegos de espejos literarios donde manuscritos apócrifos se convierten en tratados filosóficos, todo ello pasado por la soltura estilística de Biedma , conforman una originalísima manera de narrar.
Es difícil despejarse del libro una vez has cometido el atrevimiento de abrirlo, intenten sino leerlo mientras, en el parque, cumpliendo con sus compromisos de abuelo guardería gratis, vigila a su nietecita de dos años, jugando a subirse por la pendiente de bajada del tobogán. La narración, lo comprobarán, tomará un cariz especial-uno más- . Con un ojo en las páginas del libro, el otro siguiendo las travesuras de los monstruitos reales, vigilando para que no se descalabren, o en caso de que lo hagan que no le pillen a usted disfrutando leyendo marranadas.
Al poco rato acabará confuso y estresado…muy estresado y ,para salvar lo que queda, decidirá marcharse del parque con Peña de la mano, mientras tu nieta se desgañita desconsolada en las calles de una Sevilla lóbrega, que no conoce , rodeada por un camionero en bragas y Austria, a la que los ojos le hacen chiribitas ante un exquisito plan.
Al alba felizmente todo recobra su lugar natural: Austria sigue durmiendo plácidamente en su camita y su nieta seguirá en las lista de desaparecidos. En cuanto a usted, aunque les diga a los enfermeros que tiene las correas demasiado prietas, seguirán si hacerle ni puñetero caso.

