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ANTIRRESURRECIÓN
Poli eres, y en zombi te convertirás
Sergio Vera Valencia.
A poco que el lector que, por curiosidad o mera inconsciencia, haya llegado hasta estas líneas, se declare culpable de reincidir con premeditación, alevosía y relativa asiduidad en el género negro, sabrá que más de ochenta primaveras han pasado desde su alumbramiento, desde que Dashiel Hammett recogiera su Cosecha roja, y con ella, naciera el llamado “Hard Boiled”, el ya clásico arquetipo del detective duro y solitario que , con más pena que gloria y más músculo que seso, lucha por desatascar, al menos en parte (ínfima, pero parte al fin y al cabo), las hediondas cloacas de la sociedad en que le ha tocado malvivir.
En cambio, década escasa ha transcurrido desde que Max Brooks iniciase el boom editorial de la literatura zombi. Un movimiento que, como el virus que suele causar la reanimación de los pútridos, se ha extendido por todo el mundo hasta convertirse en una verdadera pandemia literaria y en un fenómeno sin precedentes por estas latitudes, sobre todo a raíz del más que recomendable Apocalipsis Z de Manel Loureiro.
Lo que nadie hasta la fecha parecía sospechar, ni siquiera los preclaros editores que pergeñaron la zombificación de Orgullo y prejuicio o la vampirización de Lázaro de Tormes, es que pudieran existir sinergias entre géneros tan dispares como el negro y el Z, pese al indudable momento de gracia por el que ambos están pasando en la actualidad.
Nadie, salvo Juan Ramón Biedma.
El sevillano, que lleva más de un lustro regalándonos lo que el gusta en denominar “thriller góticos”, y el que suscribe: obras tremendistas esperpéntico-criminales, ha logrado, cual virtuoso alquimista de la palabra, transmutar con pasmosa e inverosímil maestría el espíritu netamente noir de maestros del género como Jim Thompson o Chester Himes a las innumerables huestes de no muertos que cercan la post-apocalíptica capital hispalense que tan crudamente describe en Antiresurrección, su última novela.
Es más, en ella logra, como si no costara, la que muy bien podría ser la fórmula perfecta con que reanimar dos géneros que, tal vez lastrados por su propio éxito editorial, venían largo tiempo pidiendo a gritos un cambio de 180 º, a resultas del cual, nos encontramos, sin lugar a dudas, ante un nuevo subgénero literario: el “Hard Raw”
De la mano de Antiresurrección, les damos la bienvenida a Zevilla, uno de los últimos bastiones de la humanidad. Mas sólo recomendamos su visita a los amantes de las emociones fuertes, ah aquellos provistos del paladar necesario para deleitarse con el exquisito menú de degradación humana que con tanto mimo nos ha preparado el chef Biedma. En caso contrario, les agradecemos encarecidamente su visita, pero nos vemos forzados a rogarles amablemente que aparten sus sucias manos de tan suculenta oferta.
Para los gourmets, tan sólo unos sucintos apuntes acerca de su laberíntica y apasionante trama, que gira entorno a Ariza, una antigua policía metida a detective privado, y el desmemoriado teniente Trespalacios. Dos sabuesos en horas bajas que, pese a la escasa fe en el futuro que ambos profesan, y a que el pasado que ella no logra esquivar zurciéndose las venas a él se le escapó por un balazo en la sien, se verán forzados a cooperar en un vano intento por sobrevivir un día más a la catástrofe y arrojar luz sobre unos oscuros y retorcidos crímenes que a nadie importarían, de no haber tenido lugar cómo y dónde lo hicieron.
Pues, ¿qué sentido tiene prestar atención a unos cuantos cuerpos mutilados en diversas iglesias de la ciudad, cuando ésta se ha convertido en una auténtica orgía de muerte y destrucción, y el asesinato en el pan de cada día que acompaña al buffet libre de carne humana?
¿Por qué averiguar el causante de una diminuta boñiga cuando el mundo es un enorme campo de estiércol?
Precisamente, porque mientras quede algún rastro de vida humana sobre la faz de la Tierra, esperanza no, pero la diferencia de clase está más que asegurada. Eso, y que el hombre seguirá siendo un lobo para el hombre, porque lo verdaderamente escalofriante no son los muertos vivientes, sino lo que el hombre está dispuesto a hacer para sobrevivir, convirtiéndolo en un ser mucho más inhumano y aterrador que los supuestos monstruos.
De hecho, se sirve de este recurso, y de la lucidez e intensidad que tan sólo proporciona la escritura catártica, la narrativa convertida en exorcismo, para volver a poner de relieve un tema recurrente dentro de la literatura biedmaniana: la maldad inherente a la condición humana. Por este motivo, sus personajes son abyectos y desquiciados, ambiguos las más de las veces, tan trastornados que casi se nos antoja un manual de psicología clínica, y tantos, que podría tratarse de La versión Z de La Colmena, haciendo de ella una suerte de novela de novelas, de novela (psi)coral.
Además, Antiresurrección no es sólo la última, sino también una especie de compendio de toda la producción literaria de Biedma. En este sentido, La ambientación, sórdida y claustrofóbica, derrotista y superpoblada de tullidos y desheredados, recuerda enormemente a El manuscrito de Dios; el ritmo endiablado y folletinesco a El Espejo del monstruo; y la enorme calidad literaria que atesora a las de El imán y la brújula, por la que obtuvo el premio Hammett y el Novelpol en el año 2008, y al de El humo en la botella, por la que muy probablemente sea finalista, si no ganador, de ese mismo galardón en la Semana Negra de este año.
Y desde luego, yo no descartaría que, tras el desastre nuclear en el país del Sol Naciente, no se haga realidad el pesadillesco mundo que Biedma dibuja en Antiresurrección, y sea el propio autor redivivo el que, en un metafórico tributo a lo que ésta novela simboliza para el género que creó, le conceda el galardón que lleva su nombre en la del año que viene.
Y si no, tiempo al tiempo.
ANTIRRESURRECIÓN
Juan Ramón Biedma
Dolmen Editorial 2011

