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Zulú
Por Zeki / julio 2010
Como en todas las transiciones pacificas, la de Sur África cambio la superficie para no alborotar el mar de odio y sangre que fluía por debajo .Los rencores y las venganzas, quedaron sumergidos, como el pasado. Era necesario olvidar para seguir viviendo. Los miles de muertos, los batustanes, las aéreas coloured, los golpes, detenciones, abusos, torturas, todo quedó sepultado bajo un simbólico abrazo de reconciliación nacional. Se ajustaron cuentas, las justas.
Pero el mar se convierte en ponzoña, si no va expulsando con las mareas los detritus que arrastra por el fondo. En Sur África la pozoña encontró refugio en los township, bajo un mar de miseria, enfermedad y cólera. El bantustán se convirtió en townsphip, y la ley que impera allí la hacen los pequeños señores de las mafias locales al amparo de un menguado y mal dotado cuerpo de policía corrupto.
Neuman, (Ali) el jefe de la policía criminal es la excepción a la regla, puede ser porque su pasado traumático y sus raíces Zulú le hacen reacio a las componendas. Puede ser que las secuelas de ese pasado hagan de él alguien fuera del alcance de ciertos ‘pecados’, el caso es que muerde la presa como un ‘pitbull’ furioso y no la suelta aunque le vaya la vida en ello.
La agresión de un niño a su madre, medio ciega, que vive allí, será el detónate de una investigación que le llevará hasta los niveles más altos del pasado sur africano. Muertes violentas, rituales de brujería zulú, una molécula desconocida en el compuesto de una droga mortífera: el tik y una nueva cepa del SIDA que hace estragos con inusitada rapidez, serán las perlas de este collar de miseria, enfermedad y violencia que adorna el cuello de una Suráfrica que se prepara para acoger el mundial de futbol.
Dice su autor que él sólo escribe novelas de amor, y bien pensado creo que tiene razón, porque pocas veces como en esta novela me he sentido tan conmovido por algunas escenas a pesar de su violencia explicita. Lean sino aquella en el que el poli se mete por unas tuberías de desagüe para buscar a un niño de once años y encuentra su cadáver rodeado de una botella de agua, unas velas y cerillas y unas piezas de fruta. Señal de que el niño sintiéndose mal se refugió allí, con las cuatro cosas imprescindibles que pudo reunir para pasar sus últimos momentos. El cadáver esta medio roído por las ratas y otros animales, pero entre sus manos aferrada , como el bien más preciado, su única pertenencia valiosa: la foto de su madre, muerta unos años antes. Esto narrado sin el más mínimo atisbo de melodrama. Empatía y amor es el sentimiento más común en esta novela… es cierto…
A pesar de todo, Zulú, la novela de Caryl Feréy es como un puñetazo en el estomago. Igualmente muy parecido al suplicio al que uno de los personajes, Epkeen ,se ve sometido: la aplicación de electrodos en las pestañas. Hablar de ritmo trepidante, al hablar de thrillers, se ha convertido en un lugar común, pero aquí cobra todo su significado. En casi cuatrocientas paginas: 398 para ser exactos, no hay rastro de esa paja seudoliteraria con la que muchos autores adornan sus deficientes sinopsis. Con unos personajes rotundos de verosimilitud campando por unos escenarios de contrastes brutales, Caryl Feréy consigue infiltrarnos a través del township, en los shebeens donde las sebeen queens venden la tshwala a grupos de harapientos borrachos . Consigue que la profusión de detalles precisos sobre el pasado y el presente político y sobre las tasas de la pandemia del SIDA que afecta a la zona sean parte de la trama sin alterar lo más mínimo el ritmo narrativo. Consigue a través de la danza de una bailarina zulú que el lector entronque con la memoria de aquella película de mismo nombre en la que hordas de guerreros zulúes se abalanzaban por oleadas sobre las bayonetas inglesas después de hacer temblar la tierra con el izinduku y abrirse el cielo con sus gritos de guerra. Consigue que escenas de alto contenido violento conmuevan tomando partido con el dolor de las víctimas. Solo roza el tremendismo cuando las víctimas son igualmente los verdugos, peones de un juego macabro atrapadas en la miseria de la que no pueden huir. Consigue meternos de lleno en una Sur África multiétnica donde la peor parte se la llevan los de siempre… consigue una estampa pavorosa del futuro que nos espera.
Consigue , al fin, narrarnos una historia conmovedora de esas que en las tertulias sacamos algunas partes a relucir para, en comunión literaria, rememorar el placer de haberla leído.
Zulú
Caryl Feréy
Maeva
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