libros
El último buen beso
Ramón García/ marzo 2011
Matices del gris en Philippsburg
Al albur de un domingo cualquiera podrías llegarte hasta aquí.
y decirte: tu vida se ha roto. Tu último buen beso
lo diste hace muchos años. Y ahora recorres estas calles
Amuebladas por los hoteles dementes de un tiempo pasado
Que no perduraron, bares que sí lo hicieron, el torturado intento
De los conductores locales por acelerar sus vidas.
Solo las iglesias se mantienen. La cárcel
Cumplió este año los 70. El único prisionero
Sigue adentro, sin saber cuál es su culpa…
"Tres grados del gris en Philipsburg" de Richard Hugo
El Último Buen Beso, se publica en español póstumamente, como una deuda saldada con un imperdonable retraso: a los tres años de la muerte de Crumley, y cumplido en otras literaturas un ciclo legendario de influencias y regeneraciones que casi emparenta la suerte de esta novela con la trayectoria reservada a los grandes poemas épicos.
Mal se entendería a Kem Nunn, a Pelecanos, a Jon A. Jackson, a toda una generación de novelistas norteamericanos, franceses, escandinavos, sin el eco con que fue recibido EL último buen beso en 1979. Ahora, en 2011, reencontrarse con ella sabe casi a cenizas. Recuerdo a Nina King, fallecida en agosto de 2010, repitiendo con fervor, por un pasillo de un hotel de Zaragoza, la primera frase, prácticamente intraducible, de la novela, y que imanta todo lo demás. “When I finally caught up with Abraham Traherne”… no es exactamente lo que encontramos en la traducción española: “cuando finalmente alcancé a Traherne”; escribe Crumley “when I finally caught up with Traherne” y sentimos un extraño peso, basta solo una frase, y es como si hubiéramos recorrido todo el Oeste en busca de Traherne, el Oeste de Anthony Mann, o de Hathaway, distancias infinitas proyectadas contra carreteras que se pierden en amarillas lontananzas, otoños que tiemblan en el follaje de los vastos bosques de la cordillera, montañas con un pico de nieve en la distancia. A contraluz de todos esos paisajes podemos imaginar a Sughrue en su 4x4, “El Camino”, en busca de un poeta que bebe en un oscuro y desvencijado bar de un hotel a las afueras de Sonoma, junto a un bulldog alcohólico. Chandler había llegado hasta aquí. Crumley tenía cita con él. El último buen beso.
No estaba traducida aún esta novela cuando Crumley fue invitado a Gijón en 1998. Las traducciones modélicas y sobre la cuerda floja que Roger Wolfe había hecho de Uno que cuente el paso y Un caso equivocado (Etiqueta negra nº 115) , apenas habían traspasado la frontera de la tapa negra de la colección de 'Júcar' y durante varios días Crumley se dedicó a trasegar whisky en cantidades industriales por la terraza del hotel y a las orillas del río Piles. Imágenes fuera de foco: uno de los más poderosos novelistas de la literatura norteamericana estaba ahí, y las cámaras no le veían. Le recuerdo compartiendo mesa con William McIlvanney, borracho, muy borracho, muy desenfocado también: pero absorbiendo información que sería crucial para el desenlace escocés de la última novela, The Right Madness, que un Crumley doblegado ya por el alcohol conseguiría concluir en 2005. Y cuyo título se inspira también en un poema de Richard Hugo. Si uno le hubiera preguntado qué estaba escribiendo por esas fechas, qué ajetreaba su mente en aquel verano gijonés, Crumley habría respondido: Bordersnakes, la novela en la que unía a los dos protagonistas de sus obras anteriores: Milton Milodragovic, en Un caso acabado y Sughrue en El Último buen beso.
Un caso acabado, y la extraordinaria traducción de Roger Wolfe, fueron un descubrimiento para después del verano. A partir de ahí, ya no sería posible vivir sin Crumley. Con Crumley y con El último buen beso llegábamos en 2004 a una nueva ciudad, para empezar nueva vida, y ahora que la novela aparece en español, siete años más tarde, lo primero digno de señalar es que su traducción es todo un triunfo. Es una novela sobre la desaparición de un poeta escrita en secreta clave poética. Cada palabra está milimétricamente calculada y sopesada para capturar una pluralidad de mundos. No es fácil reproducir todo eso.
Sughrue consigue al fin localizar a Traherne y ello no es sino el pretexto para iniciar un nuevo caso: la búsqueda de Betty Sue Flowers, ex actriz porno desaparecida diez años antes, un caso que a la vez será un pretexto para darle otra vuelta de tuerca al propio Traherne y verlo bajo su verdadera y terrible luz. La búsqueda de Betty Sue Flowers es también un pretexto para recorrer muchos bares a través del Oeste, muchas carreteras solitarias, la huella de todos aquellos lugares por los que pasó Betty Sue, profesores de teatro, compañeras de universidad, o de piso, el San Francisco de finales de los 60 y el movimiento hippie, una geografía de toponimia mítica, Cheyenne, Montana, Meriwether, Missoula, hasta desembocar en California, bares en penumbra, bares en los que de pronto estalla una pelea, un estallido de violencia, y que luego dejan paso a una inmensa melancolía, a la soledad, al encuentro con uno mismo, el bar y los tipos pendencieros y las mujeres que los pueblan: el gran espacio poético de Crumley. La fórmula venía ya de Uno para marcar el paso y continuaba en El Caso Equivocado y de nuevo en The Last Good Kiss, el caso se abre después de una pendencia en el bar donde Sughrue termina por localizar a Traherne.
Traherne es el poeta, y en la novela le vemos bebiendo, follando, escribiendo, complicándole enormemente la vida a las tres pacientes mujeres que deambulan a su alrededor, compadeciéndose de su biografía en la que descolla un recuerdo siempre presente de la campaña del Pacífico: un viejo soldado convertido en poeta con una serie de novelas absolutamente inverosímiles. Traherene escribe, pero el que escribe la historia aquí es Sughrue, convertido a su vez en poeta de todos los lugares por los que pasa, levantando acta melancólica de moteles, putas, carreteras. Ese poeta tiene unos antecedentes en la realidad, en la biografía de Crumley, aparece Richard Hugo, a quien está dedicada la novela: y en un poema de Hugo aparece por primera vez la expresión The Last Good kiss. Traherne es Hugo, es la carga de la literatura, es en realidad lo que busca Sughrue: la literatura. Y al fin consigue dar con ella: la textura de su escritura constituye la prueba del crimen y su revelación. La lección que Richard Hugo (veterano de la II guerra mundial) impartió a Crumley (veterano de Vietnam) fue bien aprendida. Años más tarde, Hugo, el poeta, le devolvería la visita a Crumley, escribiendo a su vez una novela negra (Death and the Good Life)
El último buen beso
James Crumley
RBA (2011)

