Mock sabía perfectamente que la forma de ganarse el reconocimiento de individuos de esa calaña era ser consecuente y brutal.

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¿Quién mató a Durruti?
El hombre que mató a Durruti

Enrique Bienzobas/ octubre 2010

La guerra que hacemos actualmente
sirve para aplastar al enemigo en el frente.
Pero ¿es éste el único?
¡No! El enemigo es también aquel
que se opone a las conquistas revolucionarias,
y que se encuentra entre nosotros,
y al que aplastaremos igualmente.

Buenaventura Durruti (1936)

El hombre que mato a DurrutiNunca había sentido curiosidad por la forma cómo murió Durruti. La versión oficial, la bala fascista, me bastaba. Sabido es, además, que el revolucionario tenía enemigos por todos los lados y no sólo entre los fascistas. Por lo tanto la bala pudo salir de cualquier cañón embrutecido por el miedo a la revolución ya fuera moro o cristiano, comunista o republicano, limonero o naranjero.

Sin embargo la novela de Pedro de Paz, El hombre que mató a Durruti, mete al lector en la vorágine de la duda. Respetando a Rai Ferrer (Onomatopeya) cuando afirma que “no vamos a hablar de sus posibles asesinos, porque esas miserias las dejamos para los especuladores” (Durruti. 1896-1936), pienso que la obra de Paz es muy interesante. Ha sabido huir de especulaciones y acercarse a un hecho no aclarado todavía, al que se atreve a dar solución.

De Durruti me interesó siempre su propia vida, su lucha constante contra la opresión, la explotación y la injusticia. Su vida como obra, como libro abierto y como ejemplo libertario. Y Paz no huye de ello, puesto que la novela incluye un capítulo aparte donde nos habla de su vida, de su obra, de su ejemplo. No duda en decírnoslo abiertamente: Su vida podría considerarse como uno de los ejemplos más incuestionables de consecuencia ideológica… Para añadir, unas páginas más adelante, que terminó conociendo y apreciando con mayor profundidad la figura del carismático líder anarquista.

La novela construida sobre la base de la duda, no especula, afirma, con todo el componente de titubeo, puesto que los hechos no están aclarados, la versión de la casualidad, aportando también la inseguridad que facilita la figura del sargento Manzana.

La intriga se desarrolla unos meses después de los hechos, cuando las pruebas que se podrían haber conservado, por ejemplo su zamarra, el fusil del sargento Manzana, etc., han desaparecido y los investigadores deben recurrir a los testigos, tanto directos como indirectos.

¿Los investigadores? Dos militares. Uno antiguo policía, el comandante Fernández Durán (Sherlock Homes), el otro su ayudante el teniente Alcázar (Watson). Los sobrenombres no son gratuitos. El mismo Paz nos lo dice: no son más que trasuntos de los ancestrales Sherlock Holmes y Watson que hace ya más de un siglo creara mi admirado Conan Doyle y que hacen de mi novela una fiel deudora de los aspectos más canónicos del género. No me parece, sin embargo, como haya dicho algún crítico, que sea un “desafortunado exceso de intertextualidad”, sino un ejercicio de inteligente deducción, al más puro estilo de novela enigma. Sería, en todo caso, que yo lo dudo, una “extratextualidad”.

Hay, también, una cuestión que, si bien acerca la novela a Holmes, es por puro guiño al detective: Elemental, querido Alcázar, parafraseando al detective londinense. He oído varias veces al inefable Jesús Urceloy, editor del libro Todo Sherlock Holmes, decir que dicha frase se debe al cine, que en el canon holmesiano el detective sólo la pronunció una vez y no exactamente así, creo que era en las Memorias de Sherlock Holmes, no estoy seguro. En todo caso sirve la frase para eso, para tener presente a Holmes y las características de la investigación detectivesca que ya empezara Auguste Dupin.

No obstante la investigación llevada a cabo por el comandante Fernández Durán y el teniente Alcázar salta los límites de la novela problema para acercarse a la novela negra. Hay en El hombre que mató a Durruti una fuerte crítica a la situación creada en el interior de la zona republicana. La aparición de un tal Pérez que, en nombre de personas importantes, a las que les parecería indigno llegar a conclusiones diferentes a las oficiales (la bala fascista) sobre la muerte de Durruti, que ensuciaran así su memoria. El tal Pérez actúa de manera mafiosa haciendo ver a Fernández Durán que no hay otra posible solución que la oficial. La imaginación, que no debe ser mucha, del lector sabrá a qué personas importantes se refiere el tal Pérez.

Por último la novela ganadora del certamen José Saramago en el año 2003, está bien construida, con unos diálogos dinámicos y puntillosos, a través de los cuales el lector se va haciendo una idea de los hechos a la misma vez que los investigadores. Hay también largos períodos de reflexión, necesarios sobre todo para el comandante, que así va entrando en el personaje, en el ambiente (aquí una descripción certera del Madrid en guerra). Y, por supuesto, una puesta en escena del ambiente ganado por los estalinistas en contra de la revolución libertaria. Se acercaba mayo de 1937.

Una novela corta muy bien construida. Amena y pedagógica.

El hombre que mató a Durruti
Pedro de Paz
Aladena 2010

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