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El humo en la botella
Enrique Bienzobas / agosto 2010
Volveré a leer El humo en la botella. El problema es que no estoy muy seguro de convertirme en una de esas almas migrantes cuyo incierto destino es la el Acogimiento de los Padres de Ateneza; o, tal vez, convertirme en un miembro de la Orden de la buhonería. No estoy libre de nada ello.
Al igual que La orden de la buhonería viajaba en el macuto de Eme, El humo en la botella ha viajado conmigo por ahí, por la Costa Amalfitana. Ha sentido el impacto, el horror, como el que debieron sentir esas figuras sorprendidas por el vómito ceniciento y vengativo de Vulcano en Pompeya. El Humo… ha viajado conmigo de aquí para allí, sin saber realmente qué es el aquí y, ni mucho menos, el allí.
El humo en la botella es una magnífica novela. Es una ventana por la que nos asomamos a Sevilla. Pero no a esa Sevilla de ferias, alcázares, landós, santas cruces, parques de maría luisas y otros rincones para guiris… No. Se trata de una ventana abierta al horror de la Sevilla tomada por traficantes de poca monta, alcohólicos, vagabundos, sin techo, psicópatas… La Sevilla que rechaza a guiris y sevillanos. La Sevilla del dolor. Paco Ignacio Taibo II la calificó de “esperpéntica”, “nieta de Valle Inclán”. Y, si hemos de ver a esos personajes degradarse, convertirse en puros muñecos del destino (¿o hemos de decir Destino?), en personajes de pesadilla, como si leyéramos la novela dentro de un sueño, de un mal sueño, no cabe otra opción: se trata de la expresión grotesca (irónica, afilada, crítica) de la realidad. Se trata de una literatura esperpéntica de finos giros y mejores aciertos. Se trata de Literatura, así, con mayúscula.
Eme -¿el mismo de El efecto Transilvania?-, se escapa de un manicomio en busca de un pasado que ya no volverá. Dispone de pocas pistas y las estira hasta casi la ruptura. Y mientras, paralelamente, transcurre el hoy de aquel pasado: atracos, operaciones que rozan lo imposible, abogados que cruzan las líneas de unas normas impuestas por esta mierda de la sociedad. Hijas que venden ya no su alma, si no la de los demás, sean familias o amores. Empresarios que roban, encierran en manicomios y anulan voluntades, con el fin de convertirse en dueños y señores de la empresa. Y la Iglesia detrás de todas las miserias, mejor, causando todas las miserias.
Y en medio unas almas en pena, unos seres sin futuro, unas calles vacías, unas ansias ahogadas en humo. ¡El humo! ¡La magia del humo! La magia de un rostro en una botella.
Volveré a leer El humo en la botella porque no pude prestarle la atención que se merece. Hice mal en llevarla conmigo de viaje. No es una novela de viaje, es una gran novela que hay que leer con tranquilidad. Con todo me ha divertido, me ha entusiasmado, me ha gustado hasta no hacer otra cosa.
Volveré a leer El humo en la botella porque los clásicos nunca mueren.
Gran acierto el de esa pequeña y gran editorial de Salto de Página. No falla en la elección.
El humo en la botella
Juan Ramón Biedma
Salto de Página 2010

