Abrir puertas (*)
Sebastien Rutés
Una tendencia actual de la novela policial europea es su despolitización.
Los thrillers y las novelas de enigma histórico están de moda. Un discurso social light se ha ido sustituyendo a los radicales compromisos ideológicos del polar francés o la novela negra de la transición española. Salvo excepciones, la moderada crítica social de los autores nórdicos se considera el más extremo discurso reivindicativo. ¿Será culpa de la normalización editorial? ¿Del desengaño político del lectorado? Estamos viviendo el fin de las ideologías, dicen los filósofos. ¿En la novela policial también?
Es lo que en Francia parecía, hasta que dos polémicas demostraron a principios de año que las agonizantes ideologías no habían sido rematadas todavía y sobrevivían los antiguos clivajes políticos. La primera no tiene trascendencia ya que se produce cada vez que el provocador James Ellroy viene a presentar una nueva novela y se enfrentan con los argumentos de siempre los incondicionales defensores de su obra y los detractores de sus conservadoras tomas de posiciones. La segunda tuvo que ver con la reedición por la editorial Baleine de una novela publicada originalmente en 1949 por un quídam cuyo edificante currículo justifica que su nombre no aparezca aquí: colaboracionista de los nazis y miliciano durante la Segunda guerra mundial, cofundador del Frente Nacional y siempre, hasta la avanzada edad que tiene hoy, un ardiente defensor del fascismo. Ahora bien, desde sus inicios en 1995, Baleine debe su fama al personaje del Pulpo: ideado por Jean- Bernard Pouy, protagonista recurrente de casi doscientas novelas escritas por autores diferentes –entre los que algunos españoles como Mariano Sánchez Soler, Andreu Martín y Francisco González Ledesma–, Gabriel Lecouvreur alias el Pulpo es un investigador libertario y antifascista. ¿Una novela racista, sexista y reaccionaria en una editorial antifascista? Didier Daeninckx, uno de los autores emblemáticos de la editorial, puso el grito en el cielo; el editor recalcó torpemente los méritos estilísticos de la novela; se firmaron manifiestos, autores como Daeninckx, Patrick Raynal o Claude Mesplède pidieron que se retirase su nombre del catálogo; intentaron sin éxito recuperar los derechos de sus novelas; la palabra censura fue pronunciada; se desató la tormenta.
Viejos rencores personales, enemistades políticas, casos no tan olvidados, controversias ideológicas y disensiones izquierdistas estremecieron un mundillo del polar todavía conmocionado por las tomas de posiciones del caso Cesare Battisti (el cual también es autor una novela del Pulpo).
Los que no sabíamos, observamos atónitos como salían las ideologías de debajo de las alfombras y los cadáveres de los clósets.
La polémica fue contraproducente: benefició de una publicidad inesperada –salvo por el satisfecho editor– una novela destinada a permanecer en el mortal anonimato en el que yacía desde los cuarenta, se fortalecieron los viejos mitos del control de la extrema izquierda sobre el polar francés y quedo revitalizada la teoría del complot izquierdista manejada por la crítica conservadora.
Algunos opinarán que esas sempiternas polémicas explican la evolución de la demanda del lectorado mejor que el formateo editorial o el desengaño político.Puede que tengan razón. Habría que añadir cierto desgaste del polar –al que Jean-Patrick Manchette había dado sus cartas de nobleza– que, vaciado de su fundamental compromiso ideológico, tiende a convertirse en una cáscara vacía por falta de renovación estilística y perderse en repetitivas novelas de policías y ladrones poco innovadoras.
También una falta de soplo épico y una ausencia de riesgo narrativo. El modelo americano y las leyes del mercado editorial también hacen estragos en Francia.Sin embargo, al igual que las viejas ideologías (y los viejos rockeros), la novela policial francesa nunca muere…
Últimamente, apareció una nueva generación de autores que reivindican su apolitismo. Sus opositores los llaman de derechas. Incluso algunos se definen como anarquistas de derechas. Intentan distanciarse de la tradición trotskista del polar francés. Entre sus modelos están Michel Houellebecq y Maurice G. Dantec. Se declaran herederos de Louis-Ferdinand Céline. Aportan especial cuidado al estilo, reivindican una libertad de tono no exenta de excesos y se complacen en general en la representación extrema de la violencia asociada con una cruda violencia verbal. Mientras que hasta entonces los más radicales habían quedado marginados en editoriales de provincia, desde donde escupían bilis contra el establishment y denunciaban los complots soviéticos destinados a callarlos, la Série Noire abrió sus puertas a una nueva generación talentosa, después que Aurélien Masson sustituyó a Patrick Raynal como director y dio un giro hacia una línea editorial más dura, entre punk y underground. Entre las nuevas estrellas de la colección están DOA (el seudónimo es un acrónimo del título de la película Death on arrival), en particular con Ciudadanos clandestinos (2007), un monumental thriller de espionaje en torno a un atentado químico islamista, y Antoine Chainas. Conlas novelas Ámame Casanova (2007), Versus (2008) y Anaisthêsia (2009), Chainas reanuda con las historias de policías que el polar había abandonado en pro de figuras detectivescas marginales y menos relacionadas con el poder.
No lo hace desde el repetitivo tópico del flic políticamente correcto de una Fred Vargas, por ejemplo, sino construyendo demoledores antihéroes –el homófobo y racista Nazutti de Versus, un concentrado de odio puro, o el inhumanamente indiferente e insensible al dolor Désiré Saint-Pierre de Anaisthêsia– cuya violencia obsesiva es el pretexto de una encarnizada inmersión en las “raíces del mal”, para plagiar el título de Dantec.
Sin embargo, sería reductor limitar a estos autores la nueva Série Noire. Tampoco la tendencia actual de la novela policial francesa, como dije, refleja ese clivaje histórico.
A la sombra de la polarización ideológica florecen obras que reinventan el compromiso político y la crítica social. Si las dos editoriales de más prestigio –Gallimard, con la Série Noire y Folio Policier; Payot con Rivages Noir y Rivages Thriller– mantienen sendas líneas editoriales que tienden a uniformizar la producción conservando un más bien alto nivel de exigencia literaria, la narrativa policial francesa es rica y variopinta, aunque a veces no lo parezca al observar las pocas traducciones a otros idiomas, particularmente al español.
Las puertas de la traducción apenas están entreabiertas para los escritores policiales franceses, cuando no cerrada a cal y canto. Quizás se deba a que los autores más famosos se renovaron poco desde que se tradujeron sus primeras novelas en los años ochenta y a que la releva tiene poca visibilidad. Vaya pues una absolutamente subjetiva e imparcial selección…
Antes de Chainas, la renovación de la Série Noire había pasado por Caryl Ferey, cuya novela Zulú (2008), recientemente traducida al español, arrasó con casi todos los premios de novela policial en Francia y fue reeditada más de cuarenta veces. Después de Haka (1999) y Utu (2004), dos novelas ambientadas en Nueva-Zelandia, Zulú es una escala en África del sur, donde lo más sórdido de la sociedad post-apartheid, la violencia, la miseria y el sida mantienen abiertas las llagas de los viejos odios raciales. El estilo es directo y sin lirismo, parco y crudo, sorprendente de concisión metafórica a veces: de novela negra. Se dice que Ferey, gran viajero –dio su primera vuelta al mundo a los veinte años–, está por seguir en su extraña vena de polar étnico con una futura novela argentina.
Todavía en la Série Noire, es imprescindible mencionar a Patrick Pécherot, aunque no pertenezca a la nueva generación –nació en 1953– y publique en Gallimard desde su primera novela, Tiuraï (1996), en la que denunciaba las pruebas nucleares francesas en Polinesia. Magistral demonstración de que la novela policial histórica también puede ser un género comprometido con la realidad más actual y no solamente un entretenimiento exótico, su trilogía –Las nieblas de Montmartre (2003), Belleville-Barcelona (2004), Bulevar de los Chiflados (2005)– explora de 1920 a 1940 un París en el que, más allá de la impecable reconstitución de las atmósferas de la Belle époque a la Ocupación, las investigaciones de un detective alter ego del Nestor Burma de Léo Malet remiten a las vicisitudes de nuestra vida política más actual. Y su última novela, Tranchecaille (2008), la investigación del asesinato de un teniente por un desertor en las trincheras de la Gran guerra, construye un estremecedor y necesario requisito pacifista en estos tiempos de reaparición del discurso nacionalista en Francia, además de una maestra obra polifónica.
Hervé Lecorre es uno de los autores franceses de Rivages Noir, la colección dirigida por François Guérif en la editorial Payot, que dominan los americanos. Tránsfugo de la Série Noire, se había señalado con una maravillosa novela histórica: El hombre de los labios de zafiro (2004), un sutil homenaje a Los cantos de Maldoror, de Lautréamont, en el que una intertextual prosa poética recreaba los ambientes refinados y misteriosos del París finisecular. Su última novela, en cambio, huye de la nostalgia decimonónica y de la referencialidad literaria: Los corazones despedazados (2009) es una aterradora zambullida en los mundos de la pederastia. Abandono, orfandad, violencia infantil, ausencia, incesto: la novela explora todos los dramas de la relación de padres a hijos, culminando en la sordidez de las redes de pedofilia. Una novela de un realismo agobiante…
En un mercado editorial francés como siempre centralizado, las editoriales no parisinas difícilmente pueden arriesgarse, salvo que un hallazgo editorial les otorgue respaldo financiero o que la rentabilidad no sea su preocupación fundamental. En la primera situación se encuentra Actes noirs, la colección de Actes sud que “descubrió” a Stieg Larsson y publica por ahora a pocos franceses, entre los que el ex presentador del noticiario Hervé Claude, con sus novelas policiales gays ambientadas en Australia. En la segunda, ahora que la marsellesa L’Ecailler du sud lleva un poco menos de un año sin publicar por razones económicas, se encuentra Krakoen, pequeña estructura que apuesta a autores atrevidos, como el divertido y sorprendente John y Yoko están en un hospital (2008), una delirante y psicoanalítica investigación en un manicomio donde todos, locos y médicos, llevan nombres de estrellas del rock de los sesenta y setenta.
Muchos más autores merecerían reconocimiento fuera de Francia, encabezados por Jean-Bernard Pouy, el creador del Pulpo, considerado un maestro a la par de Didier Daeninckx desde su genialmente irreverente novela pos apocalíptica Spinoza le da por culo a Hegel (1983).
Dos que afortunadamente empiezan a tenerlo en España, son Patrick Bard, del que Grijalbo publicó La frontera (2002), una de las primeras novelas dedicadas al feminicidio de Ciudad Juárez, El cazador de sombras (2004) y últimamente El perro de Dios (2008), un thriller histórico en torno al enigma de la bestia del Gévaudan; y Marcus Malte, el que antes de Garden of love (2007), publicada en España por Paidós y que valió a Zulma, su editorial francesa, una cosecha sin precedente de premios literarios, había ido construyendo una muy personal obra, negrísima y libre de cortapisas genéricas, tremendamente lírica y rozando a veces con lo fantástico, como en La parte de los perros (2003).
Casualmente, ambos son este año invitados de la Semana negra. ¿Para abrir la puerta?
(*)Artículo, publicado con anterioridad en el A QUEMARROPA del viernes, 15 de julio de 2010 Cedido para su publicación en La Gangsterera, por su autor y el A QUEMARROPA
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