Ni piojos ni consoladores de iridio (*)
Juan Ramón Biedma
El drama no es elegir entre el bien y el mal,
sino entre el bien y el bien.
G. W. F. Hegel
Puedo justificar las razones por las que escribo libros entrelazados de genero negro, pero no tengo ni la menor idea de por qué sigo siendo lector más o menos adicto a dicho género; sé, eso sí, que no se debe a lo que dentro de sus irregulares márgenes
se está produciendo en los últimos sesenta o setenta años, ni mucho menos a los autores que lo practican.
Paso por verdaderos embarazos cuando un periodista me pide que recomiende a los lectores el inevitable listado de mis novelistas policíacos contemporáneos predilectos,hasta el punto de que casi siempre termino recomendando a los amigos,escriban lo mal que escriban,no quiero darme el lujo de mantener más honestidad que la que me permita salir del paso en cada momento ni me respaldan anuncios publicitarios a toda página que avalen mi posiciónética hasta final de mes.
Está mal la cosa.
Pasé por Madrid durante la feria del libro de este año, dedicada a los autores nórdicos, y tampoco me resultaba fácil cumplir con mis obligaciones cuando en todas y cada una de las tertulias o entrevistas surgía el tema de la literatura que nos llegó y nos trajo el frío; si todos me miraban con extrañeza cuando les decía que ya hace veintitantos años apenas soportaba los inacabables mamotretos que escribían Maj Sjöwall y Per Wahlöö —de los que sólo me divertían sus diéresis—, mucho menos compartían mi rechazo sobre la previsibilidad de las tramas de Henning Mankell o los lloriqueos de su Wallander, desavenencias con mis contertulios que degeneraban en violentas protestas cuando les dejaba caer que quien nos trajo noticia de que el mito del bienestar sueco había caducado fue el asesino de Olof Palme y no las mojigangas planas,infantiloides y multitrilladas de Stieg Larsson y su procesión de mamporreros.
No es que en el resto de Europa ni en Estados Unidos el panoramasea mucho mejor. Me pregunto que lo quedará de esta generación cuando,al paso de unas docenas de años,los analistas compongan el mosaico de la novela negra a principios del siglo XXI; permanecerá James Ellroy,desde luego, pero no creo que como contribuyente al fenómeno común; Ellroy es un personaje atemporal, no asimilable, con una densidad específica que podría haberse manifestadoen nuestra época o en cualquier otra, sin influir en su entorno.
Y debería, porque al final, la única rúbrica de James Ellroy, lo que lo distingue y define, es su habilidad para colocar al personaje en la mesa de autopsias, abrirlo en Y, y extraer,examinar, analizar, degustar la infección de sus vísceras enfermas, la supuración de sus tumores, sus estiércoles menos nombrables. Ellroy es de los pocos escritores que se han atrevido a transgredir las trincheras que el sistema ha establecido alrededor de lo más podrido del ser humano y que lectores, críticos, editores y creadores procuramos evitar cuidadosamente porque su olor es insoportable y las posibilidades de contagio,impredecibles; guardar una estricta distancia de seguridad es la única manera de evitar el asalto de los piojos.
La novela negra se está muriendo de un exceso de elegancia. Ironizamos sobre la corrección política y social que nos atenaza, pero ni siquiera mencionamos la corrección moral que nos abotarga el bisturí a las últimas generaciones de narradores y nos impide profundizar en el auténtico carácter del individuo.
En la consabida máxima de Hegel El drama no es elegir entre el bien y el mal, sino entre el bien y el bien, deberíamos permutar los términos de drama a melodrama al aplicarla a la incapacidad de discernimiento en el mundo de la creación artística.
Hemos llegado a un punto de superficialidad consensuada tácitamente por todos en la que cualquier elemento que altere los esquemas axiológicos convencionales del género, con los héroes bien distinguibles de los villanos y un aderezo de crítica social perfectamente telecontrolado, será retirado de la circulación de una u otra forma en beneficio del sosiego de la comunidad.
Una lectora que trabaja para diversas editoriales tasando manuscritos originales, me cuenta que la única obra que ha evaluado con un diez en los últimos años ha sido una novela en la que se que nos contaba la historia de un pederasta en primera persona. Dicha valoración le granjeó a la lectora la severa amonestación de un director editorial, indignado ante la recomendación de que su sello publicara una obra de esa naturaleza.Que sepamos, la novela continúa inédita.
Un editor con amplísima experiencia me comentaba, mientras hablábamos sobre las normas que rigen la redacción de los textos de contracubierta de las novelas, que ningún profesional de la edición que conociera su oficio incluiría en esta clase de reseñas palabras como locura, cáncer o suicidio ni referencia alguna a estos conceptos, que está más que demostrado que la gente no quiere leer —saber— nada de ellos, que son veneno para la taquilla.
Una amiga escribió una novela policiaca cuya trama se engarzaba alrededor de un consolador de iridio, consolador que, además, le daba título; por absurdo que parezca, si te tomabas la molestia de iniciar su lectura, encontrabas enseguida una obra sólida, honda, divertida, original, admirablemente bien escrita, y en contra de mi costumbre, decidí enviar el archivo a algunas editoriales con las que mantengo relaciones recomendando su publicación. Las respuestas fueron muy amables, todas coincidían en que las innegables cualidades de la historia se veían eclipsadas por lo insólito de su idea central, tan difícil de hacer llegar al gran público, pero de verdad que fueron muy amables.
Analistas, lectores, editores y hasta escritores nos pasamos la vida exigiéndonos una literatura más exigente, criticándono porque nuestra escritura no es lo bastante crítica, sugiriéndonos maneras de redactar menos planas y más sugerentes, y no sólo no estamos dispuestos a realizar ningún esfuerzo por conseguirlo, sino que nos apresuramosa sofoca cualquier intento de insurrección que detectemos a nuestro alrededor.
No hace mucho, me pidieron que expusiera una conferencia sobre el auge de la novela en la España de nuestros días y, al enumerar los sostenes sobre los que se apoyaba el mencionado encumbramiento, habléde la larga raigambre que el periodismo de sucesos tiene en nuestro país y deduje que nos encontramos ante una sociedad que ya no se conformaba con la versión simplista y maniquea que nos ofrece la noticia de alcance, una sociedad que necesita profundizar en el perfil del agresor, del agredido, del contexto y de las razones que han dado lugar al hecho delictivo y afirmé que esa posibilidad de vivisección sólo la ofrecía la novela negra. Pero una vez más, creo que me precipité en mis conclusiones. Si observo con detenimiento lo que escribimos, me resulta evidente que la novela criminal que estamos haciendo pocas veces va más allá de esta clase de periodismo, que en multitud de ocasiones es su única fuente de inspiración.
Aquí mismo, en Gijón, nos contaba Juan Madrid que por Malasaña, cualquier puta, yonqui o chorizo sabe que puede ganarse unos euros contándole una buena historia que él llevará o no a sus libros; y mientras decía esto, me pareció que estaba escuchando a alguien que hablaba muy en escritor, y que todos teníamos mucho que aprender de él. No estoy diciendo que sea imprescindible pasarnos la vida entre putas, yonquis y chorizos —hemos llegado a un punto en el que el mero atrevimiento de hablar poco glamourosamente de putas, yonquis y chorizos parece que resulta ya de muy mal gusto—, aunque, para hacer lo que hacemos, se nos puede y se nos debe pedir que realicemos el esfuerzo intelectual de penetrar en las maneras de ser, pensar, hablar y actuar de toda clase de personas.
Y es que, particularmente en este género, no hay por qué perdonar al escritor por su falta de contacto con las calles de las que somos presuntos cronistas, por carecer de esa briega diaria con los personajes a los que presumimos de retratar.
Tenemos un problema clarísimo de endogamia. Un importante número de los narradores negros que están surgiendo no tienen más influencia, pasado, familia ni horizonte que los autores policíacos a los que han leído con mucha aplicación, con toda aplicación, siempre que éstos cumplan el requisito de haber estado de moda o haber sido superventas en un pasado reciente, no se nos ocurra hablar de García Pavón o de W. R. Burnett, porque la arqueoliteratura tampoco está bien vista. Y como suele ocurrir tras cualquier cruce repetidamente endogámico, el espécimen resultante es canijo, asexuado, feo e insulso.
Aunque no tiene mucho sentido restringir estos defectos a la novela negra; parece que en muchos casos da lo mismo escribir literatura criminal que pastoril o lo que nos echen, los límites genéricos son cada vez más susceptibles de ser maleados —cada vez más pervertidos pero también más fácilmente domesticados—, no porque estemos trabajando para ampliar sus fronteras y enriquecer sus fondos y sus formas, sino porque ya muy pocos se preocupan por realizar un análisis riguroso de su naturaleza.
En la actualidad, la única clasificación de géneros vigente es la derivada de los criterios de ordenamiento aplicados en las secciones de librería en los grandes almacenes.
Tengo la impresión de que, en estos momentos, nos encontramos ante una novela negra algo hipotensa, más próxima a la novela enigma tradicional que al policiaco arrabalero, hecha en muchos casos por profesionales que no quieren complicarse la vida con ninguna incorrección social, política o moral, que sobrevivirá una vez más, misteriosamente fortalecida, a pesar de los que la ejecutamos.
(*)Artículo, publicado con anterioridad en el A QUEMARROPA del viernes, 16 de julio de 2010 Cedido para su publicación en La Gangsterera, por su autor y el A QUEMARROPA
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