8 YA, 9 KU, 3 ZA: YAKUZA
Raquel Rosemberg
ilustración (c) blakesblak estudio

Un hombre de negocios corrupto fue literalmente cocido en agua hirviendo mientras tomaba su baño matinal. Un coronel irlandés sobrevivió a un intento de asesinato en Irlanda y decidió investigar el origen de ese atentado. Los dos acontecimientos comparten la trama de La Caza (editorial Planeta), una novela de Víctor O'Reilly. En ellos se acortan las distancias geográficas y culturales. ¿El ingrediente principal de la intriga? La participación de la Yakuza, la mafia japonesa. La mesa se completa con pizcas de corrupción, créditos incobrables, bancos en la cuerda floja, coimas, políticos y policías comprados (y los invendibles apretados o asesinados). Así como el sushi es el bocado de moda en todas partes del mundo, la mafia y otros condimentos tampoco tienen fronteras. Es época de globalización.
LOS UNOS
Hodama-san se remojaba en una tradicional bañera de cobre calentada a leña, luego de haberse lavado en un anexo. La idea de ponerse en remojo con la propia suciedad -como lo hacen los occidentales- no forma parte de la tradición japonesa. Era uno de los hombres más ricos de Tokio, había reprimido la resistencia coreana y seguía los rituales orientales en forma sagrada. Era un kuromaku: cortina negra, término que proviene del teatro kabuki, pero que en realidad alude al carácter de dirigente poderoso, el que actúa desde la trastienda. En esa misma olla se bañaron varias generaciones que lo antecedieron, allí, sus enemigos, lo cocinaron a fuego máximo.
En otra parte del planeta, en Irlanda, un japonés coordinaba un grupo comando con el fin de matar al coronel Fitzduane, un noble, especialista en tácticas antiterroristas. La misión nipona falló. Como este término no se incluye en la rígida conducta japonesa, el irlandés supuso, acertadamente, que muy pronto recibiría una nueva visita "cordial". Para anticiparse a los acontecimientos y poder hacer gala de su educación, decide trasladarse a Tokio y devolver cortesías. A esta altura de los acontecimientos, la madeja policial requiere de algún experto que la desenrede. Para lograrlo surge en escena Aki Adahi, inspector jefe de detectives en Tokio, un integrante de la generación del Big Mac: "unos centímetros más alto que la media de sus antepasados, por haber matizado la dieta sensata nacional a base de arroz, pescado, huevos crudos, algas y sopa de miso con algunas hamburguesas de Mc Donald's" (bacterias proteicas incluidas, sic). El detective analizó el asesinato, mientras bebía sake junto al fiscal general que, por proceder de un ambiente samurai, prefería en horarios de trabajo una taza de ocha (té verde). Después, se dedicó a desentrañar el caso con la detective Chifune, otra de las protagonistas de la historia, su amante y miembro de koancho, las fuerzas de seguridad japonesas, experta en armas y en artes marciales. La situación era complicada: el asesinato de un kuromaku y el ataque a un coronel irlandés no son hechos corrientes y se sospechaba que estuviesen ligados. Además, el crimen pasó a formar parte de la realidad nacional japonesa penetrando en una población que se guía por las normas de Confusio, por las que hay un respeto casi sagrado de las leyes y la ética del trabajo, y donde las armas de fuego no tienen demasiado lugar.
LOS OTROS
El sistema de grupo, base de la cultura social del pueblo japonés, cumplió su función. El refrán más común en ese país era "El clavo que sobresale es el que recibe el golpe del martillo", la iniciativa individual se valora, pero sólo cuando contribuye al progreso del grupo. El truco estaba en ponerse a salvo de los golpes, no ser percibido como clavo o... juntarse y lograr ser un gran clavo, difícil de hundir. Así nació la Yakuza.
Como la mayoría de las mafias del mundo, la injusticia social alimentó la formación de grupos que, al más puro estilo Robin Hood, se ocupaban de ser solidarios con los de menos recursos. Formaban clanes cerrados, con la marca en el orillo de la Cossa Nostra. Se debían mutua lealtad, fidelidad al oyabun (jefe máximo), al que entregaban la última falange del meñique de la mano izquierda, envuelta en lino blanco como signo de ciega fidelidad. El resto de las falanges las reservaban para futuras posibles amputaciones, en caso de merecer castigo por la violación de una orden o ante una deuda. Otro de los símbolos que los hermanaba y hermana es el tatuaje del cuerpo, lo mismo que el código de silencio, un lenguaje aun vigente. Hace más de 300 años sus integrantes, descendientes directos ideológicos de los samurai, se consideraban, como éstos, señores de honor: no portaban armas, eran expertos en artes marciales y profundamente nacionalistas.
En el siglo pasado fueron bautizados como Yakuza, término lingüístico que proviene de un juego de cartas "sammai karuta" (tres cartas) que requería el valor del participante. El apostador tallaba las barajas hasta recibir un total de 19 puntos. Pero si recibía un 8 YA, un 9 KU y un 3 ZA, Ya-ku-za, literalmente: sonaba. Esas cartas no le servían para nada, el juego pasaba a ser un desastre o basura, segundo significado del término Yakuza. Aquellos jugadores tenían una buena cuota de valentía para enfrentarse a los poderosos pero a su vez eran el deshecho de una sociedad con códigos morales muy cerrados.
Hasta hace unos años la Yakuza no perturbaba el funcionamiento social japonés. Para la policía era preferible controlar a la mafia que a malhechores aislados. Hoy la situación cambió, las redes de los llamados "negocios limpios" pueden hacer tambalear a la economía japonesa. En los últimos tiempos, el pozo acumulado por los muchachos ronda millones de dólares. ¿El origen de los dinerillos? Los más antiguos provienen de la prostitución, el tráfico de drogas, los juegos de azar, el manejo del submundo del sumo (lucha, deporte nacional japonés) y los aprietes. Los rubros recientemente incorporados vinieron de la mano del llamado milagro japonés: manejos bursátiles, inversiones inmobiliarias, participación en política y resurgimiento de la figura del sokaiya (sobornador de empresas). Todos ellos aportaron la cara legal a la organización y le dieron a la Yakuza la posibilidad de cumplir con uno de sus grandes sueños: ser parte de la sociedad nipona.
Fuera de las páginas de la novela La Caza, la realidad supera a la ficción. Vale la pena recordar que en 1984, cuando Kisayuki Takenaka asumió la jefatura de los yamaguchi-gumi, unos de los grupos mafiosos, bebió el trago de sake con el que se sellan todos los acuerdos de honor en Japón. Luego, envolvió la taza de porcelana en papel y la guardó entre los pliegues de su kimono negro, muy cerca de la rosa blanca con la que lo ataba. Todos estos detalles de la ceremonia, reverencia final incluida, fueron relatados en una de las revistas del grupo, intercalados con poesía escrita por sus miembros. Para una difusión más amplia, dedicada al resto del pueblo japonés, se optó por transmitirla por la cadena N.H.K. de TV. La popularidad de Kisayuki duró poco. Hiroshi Yamamoto, el candidato natural al puesto, le mandó un banquete donde, por una vez, el plato fuerte no contenía pescado o arroz sino una mezcla bien aderezada de balas. Hay que aclarar que en el funeral no faltaron coronas de flores, con mensajes de despedida, de altos jefes policiales. Los otros dos grupos mafiosos, los Inagawa-kai y los Sumiyoshi-rengo, siguen iguales reglas. Para identificarse y presentarse, todos tienen tarjeta personal, costumbre imprescindible entre los japoneses, incluso en la policía que usa una con el logo de un perro. Los miembros mafiosos hacen uso de esas tarjetas donde el destinatario puede leer el clan al que pertenecen, el rango que ocupan y la aclaración, que lamentan profundamente vivir rodeados por el mal, pero también son trabajadores y honorables. Los jefes, además de viajar en lujosos coches americanos, cenan yakitori y sashimi en restaurantes vips de Tokio y Osaka, pero no abandonan sus raíces: son solidarios con los sufrientes. Por las mismas causas suelen citar a conferencias de prensa donde piden disculpas públicas por el disturbio ocasionado. Ante la promulgación, en Japón, de la ley sobre delincuencia organizada que dice "que cualquier asociación que tenga un cuatro por ciento de componentes con antecedentes penales por extorsión o delitos similares debe ser considerada delictiva", los miembros de la gran familia no temieron en responder y salir a la calle. Organizaron una manifestación familiar por Tokio, acompañados por sus mujeres e hijos. Protestaron por la violación de los derechos humanos y la derogación de la inconstitucional ley que, según ellos, podía llevar a Japón al fascismo.
ENCUENTRO FINAL
En las páginas de La Caza, la mayor parte de la acción transcurre en Tokio, con distintos escenarios. El autor elige una batalla donde explotan barriles con Nuoc Man, salsa picante vietnamita, y vuelan bolsas de arroz, para que haga su aparición Yaibo (léase filo cortante), un grupo terrorista japonés, y sus socios, los hermanos Tamaka, sobrevivientes de la segunda guerra y protegidos por Hodama-san, el hervido. Los huérfanos hermanitos armaron un imperio de compañías entrelazadas, muy cerca de las polucionadas aguas de la bahía de Tokio. Este lugar es el tradicional descanso de las víctimas de la Yakuza, que llegan allí aderezadas de cemento, pero sin cabezas. Estas piezas llevan otra cocción: se envían a sus jefes, previa maceración y embalsamamiento en sake, la bebida del honor. Las reuniones de negocios de la organización Tamaka tenían un estilo gourmet, eran infaltables el té helado, el sake, pescados y por siempre, el puro y sagrado gohan (arroz blanco):
Lavar 2 tazas de arroz de puntas redondeadas en 10 aguas distintas, hasta que el líquido esté totalmente limpio. Escurrirlo y dejarlo reposar 1 hora. Mezclarlo con 2 tazas de agua y un trozo de alga kombu y cocinarlo a fuego fuerte 5 minutos. Retirar el alga con palitos de madera. Taparlo y cocinarlo a fuego moderado 10 minutos, bajar a mínimo y cocinar 5 minutos más. Destapar, cubrir con un lienzo y dejar reposar 30 minutos.
Cuando algún traidor estaba invitado a la mesa, primero se lo descuartizaba con pases de iai-do (arte de desenvainar la espada), luego se procedía al chiburi (arte de quitar la sangre de la hoja) y después, se lo cocinaba a fuego lento, en los grandes hornos de las acerías.
Parte de la solución de los enigmas de la novela comienzan a develarse entre sake, té, palitos de madera, platos de sopa con tofu, mucho fideo -símbolo de larga vida- y un toque de sofisticación aportada por los gustos gastronómicos del gaijin (algo así como el gringo), el coronel irlandés, que "aprecia estéticamente la cocina japonesa, pero sus papilas gustativas tienen debilidad por la cocina francesa", una herejía para sus anfitriones. Entre comidas y encuentros, el grupo investigador descubre un plan donde policías, empresarios y políticos corruptos, asociados con la Yakuza, sostenían finanzas y tráfico de armas. También descubren el reaseguro de Hodama-san: una gran cantidad de videos en los que aparecían hombres poderosos filmados en su intimidad.
El final se cocina sanamente, al vapor de una lucha. Antes, una cuidada planificación con paciencia oriental lleva al descubrimiento de secretos familiares, algunas muertes inevitables en el camino, una gran batalla final con la participación estelar de la CIA y hasta un dirigible. En un país que es una isla y hace culto de sus platos a base de pescado, los malos terminan pescados. Entonces, cuando algunas de las vituallas están cocidas y otras se mantienen crudas pero bien aderezas (al mejor estilo japonés), se debe pasar a la mesa, pero antes hay que cumplir con el ritual nipón y tener unas oshibori (toallas húmedas y calientes) para lavarse las manos que, imprescindiblemente, dejan a un costado todo tipo de suciedad. Después, itadakimasu, buen apetito para legos.
Raquel Rosemberg : periodista, vive en Buenoa Aires ,es editora de la revista "El conocedor " y redactora del suplemento "Ollas y sartenes" del diario Clarin. Es también cronista de la Guía de restaurantes de Buenos Aires. Tiene publicado el libro: Sabores que matan (Paidos Diagonales 2007). Este artículo fue publicado inicalmente en La Gangsterera (primera etapa) en 2005.
